Luisa Fernanda Echeverri Montoya
jueves, 31 de mayo de 2012
lunes, 12 de marzo de 2012
Olas que traen recuerdos a esta playa
Un día apareció el muchacho por la playa, apenas lo vio supo que era hijo de él. Sus mismos ojos, su misma sonrisa, la misma contextura, y la misma forma de tratar a la personas. Tenía en común con su hijo algunos gestos, aunque sin duda su tez trigueña marcaba la diferencia. Ramiro había aparecido un día de verano veintitrés años atrás, traía consigo una mula y un atado con mercancía que había metido entre la selva y en el río hasta llegar al caserío frente al pacifico. Las olas nunca callaban, consistían en el silencio de este lugar del mundo que se llamaba Mecana.
Ramiro llegó y vivió con la comunidad unos dos años, trabajaba con los hombres y negociaba sus objetos que compraban los negros con comida y servicios, no había plata, pero si pescado, guaguas, yuca, plátano, chontaduro, agüelpan, además del oro que sacaban del rio. Se enamoró de Primitiva, la hija de un pescador, Cirineo, que se metía en el mar en la mañana y volvía al atardecer con los pescados amarrados con matamba. Primitiva se dedicaba a hacer cestas y otros oficios en la casa, él en sus tiempos de vagancia rondaba la casa y le hablaba de cosas de más allá del río Atrato, ella reía con su acento y sus historias.
El día del casamiento Cirineo le cedió terreno virgen que quedaba por la trocha que conducía a Mandinga, un caserío que se encontraba rio arriba donde vivían los primos Renteria. Toda esa zona para explotar decía Ramiro, donde construyó una casa de palos altos, tuvieron dos hijos, una niña y un niño. Desapareció así como había llegado, las últimas semanas había bajado al río con la batea desde temprano, un pescador lo reconoció rio arriba montado en un Bongo yendo hacia Quibdó.
El hijo de Ramiro venía por su propiedad como decía él. Primitiva le dijo que de esa casa no quedaba nada, el menor lo habían matado en esa casa unos años atrás, y el terreno ya no era de ellos sino de “esa gente”. Edgar se encontraba contrariado, tomaba un biche en el escampado frente a la playa con el primo de su hermano muerto. Su hermana lo cargo hasta un camastro en su casa. Al día siguiente se levanto enfermo, con picaduras de cangrejo en todo el cuerpo. Vomito todo el día, y después prendió en fiebre, Primitiva nada podía hacer. Cuando pudo pararse recorrió la playa, bajaron a hablar con él unos hombres armados, días después se marchaba dejando atrás la historia de su padre.
viernes, 3 de febrero de 2012
Desayuno
viernes, 13 de enero de 2012
Amanecer
jueves, 5 de enero de 2012
una tarde de calor
Apenas cayeron las primeras chispas de agua sobre los ventanales del bus que minutos antes habían tomado, sus cuerpos comenzaron a descansar del tremendo calor que los había rodeado toda el día. Se habían citado en cualquier parte y con cualquier motivo, sin que esto se convirtiera en la excusa para encontrar de nuevo sus cuerpos, ya que hacía un buen tiempo que no se reconocían. El día los había sucedido sin sobresaltos hablando sobre cualquier cosa, con la familiaridad que sólo pueden tener dos personas que se conocen desnudas luego de haberse recorrido sus superficies infinitas veces.
Las palabras iban y venían en medio de los pasos dificultosos del ambiente caliente, que a ratos hacía que él disminuyera su paso, permitiendo que ella se adelantara. Aprovechaba entonces para espiar su retaguardia desprotegida: una parte de su espalda desnuda y los trozos de piernas que le asomaban aumentando de volumen de abajo hacia arriba, hasta toparse con el vestido de colores tierra y líneas geométricas, que debido a su corte disimulaban sus nalgas prominentes que con esa forma de caminar tan suya se acentuaban. Erguida de seguro a causa de los altos tacos que la soportaban, su espalda se erigía como un terreno inviolable que era apenas rodeada por sus hombros desnudos, atravesada por dos finas tirillas que la bordeaban hasta la vanguardia y hacían las veces de seguro para no advertir sus encantadores frentes.
Una cosa fue llevando a la otra, y en medio de parques y restaurantes, buses y calles terminaron colándose en un ascensor pequeño de forma tal que sus cuerpos se vieron provocados al encuentro repitiéndose con exacta precisión en el espejo que los rodeaba. Primero de frente provocó con sus ojos que ella le diera su espalda hasta el punto que comenzó a rozar su culo (el de ella) contra su pelvis (la de él) con tanta intensidad que sus manos (las de él) fueron rodeando el vientre (el de ella) hasta que sin aviso resbalaron a su vulva, ocasionando que el roce se hiciera frote. Inclinado las piernas (las de ella) acorralo su espalda (la de él) contra la pared, subiendo y bajando con tanta precisión que de pronto una boca (la de él) se vio lamiendo los hombros (los de ella). La nomenclatura romana de cada piso que se dejaba ver por las rejas de la puerta del ascensor les recordaba que ellos subían mientras que sus cuerpos seguían bajando.
Al llegar al quinto piso y sin mediar consideración se presiono de nuevo algún botón que ahora los hacía bajar y daba pie para que esta vez el encuentro fuera de frente dejando colar sus manos por debajo del vestido de forma calmada en un momento pero que tomaba fuerza cada vez más buscando su sexo a tal punto que se ella se debió permitir levantar lentamente su pierna izquierda para que el acceso fuera más placentero y sin cavilaciones, mientras sus lenguas se encontraban por allá arriba igual de húmedas. Sus dedos entraban y salían cada vez más rápidos, cada vez más húmedos y cada vez más ansiosos de regresar. Pequeños gemidos se escapaban entre las exhalaciones de sus bocas y de nuevo la otra mano apretaba un botón para volver a subir.
Una parada y una pregunta: ¿dónde estamos? De nuevo bajan y esta vez él acompaña el movimiento del viejo armatoste, dejando resbalar sus manos por el torso de ella, sintiendo como dos telas se deslizan pegándose a la piel, colocándola de espaldas y levantando su vestido para con descontrol besar sus enormes y húmedas nalgas, descubriendo la diminuta ropa interior de colores azul marino y negro azabache que apenas si podían resguardar todo su sexo. Un suave mordisco la hizo enderezarse súbitamente y mientras giró la cabeza sobre sus hombros intentando descubrir el rostro entre sus telas, una vos soportada sobre las rodillas desde allá abajo le respondió: estamos en planta baja de nuevo.
Y rápidamente y sin dejar que la lengua la rodeara hasta el frente comenzó a abrir la puerta del ascensor mientras él se reincorporaba levantándose, buscando las llaves entre sus bolsillos para salir. Un dialogo corto:
-Pareciera que va a llover – dijo ella terminándose de acomodar el vestido.
-Apresurémonos a buscar la parada del bus – le respondió él.
breves iiii
Y accidentalmente deje caer la mano hacia el final de tu espalda, asegurándome de que cada una de las yemas de mis dedos sintiera la textura y las formas de tu piel por dentro del escote que advertía el frio de tu espalda desnuda y tus pezones erguidos a causa no solamente de la leve brisa, que por esa época era tan característica de la casa campestre de Julián, golpeando los cultivos al punto de quemarlos en cada helada madrugada, sino también por las miradas que te reparaban con recato, proponiéndote cubrirte o terminándote de desvestir invitándolos al festín; pero que vos con tu aquiescencia por la moda asumías sin reparo, con cierto gusto provocativo incitabas a los modos onanistas donde la imaginación y el recuerdo es lo que vale, dejando todo a la potestad de la ipsación, de las formas y las postura.
brves iii
Una mariposa no tan grande, de fuerte color naranja y brillante rojo, en sus alas se posa sobre un pequeño marco de ventana. Acompaña con el ritmo del batir de sus alas a la bailarina que con su cuerpo ceñido estira sus piernas rectas, una a la vez, hasta tocar con la yema de sus dedos el borde de los tobillos, flexiona sus rodillas dejando los talones juntos y comienza con suaves giros como de fouetté, movimientos que de a pocos invaden el espacio de la habitación, a cada giro la mariposa atenta comienza a levantar el vuelo, dejándose suspendida en el aire, inmaculada con sus pequeños ojos sigue el movimiento de las manos durante el arabesque de la que baila, percatándose que la pierna levantada apunta hacía una torre de gatos estampados color pastel sobre una estructura de lata, que se confunden con la forma de una lámpara de noche. Uno tras otro se suceden los entrchat pares e impares, de acuerdo al ánimo de la que baila, cruces, saltos y caídas a pie juntos. Un breve descanso para respirar profundamente, llenando bien los pulmones permitiendo la exhalación.
breves ii
¿En qué parte de tu día encajo? Será entonces mi manía de agrandar las cosas. Es tan natural a la raza humana a veces regodearse en su pasado, ahora tan a la mano por las migajas que dejan el registro virtual de toda interacción, mapas de bits, combinaciones binarias. Con esta lluvia quizá el único que pueda salvarnos sea Noe. ¿Tus cobijas o las mías? Soy una escala al parecer. Disfuncionalidades sincronizadas. Ya sabes que pasan con los antojos, sino los atiendes rápido se pasan
breves
Y que sueña en medio de franjas azules con almohadas que sepultan su cabeza, como escondiendo lo que piensa con su nariz respingada y su figura menuda que contrasta con la amplitud de sus caderas. Será acaso gatos en las entrañas, que de naturaleza nómada buscan el camino para salir corriendo a cualquier tejado en busca de ayuno. La parsimonia de su posición antecede al ritual de quietud en el cual entra su cuerpo. Simulación de muerte, ausencia, abandono total al descanso a destiempo con otros aires
martes, 9 de agosto de 2011
Insospechadas Soledades
jueves, 4 de agosto de 2011
Flores
viernes, 22 de julio de 2011
miércoles, 6 de julio de 2011
El Odio de los Gatos
Pienso si a veces no somos demasiado generosos con las palabras que nos decimos. Le dijo en vos algo baja mientras tragaba un sorbo caliente de café negro que le comenzaba a calentar las tripas. Los cuerpos se encontraban dispuestos de frente, de tal forma que era inevitable por su tamaño, que al cruzar una pierna sobre la otra no tocara torpemente los otros pies, ocasionando a cada vez una sonrisa autocomplaciente. ¿Quisiera verte alguna vez una sonrisa de placer, de genuino placer? Replico sin tropezar con las palabras que había escuchado pronunciar. Encima de la mesa aparecían dispuestos un par de sobre platos que recogían las moronas de las galleticas sabor a jengibre, punteadas de chocolate, que acompañaban a cada sorbo. Las has visto más veces de las que te he contado. Respondió en medio de una sonrisa menos pronunciada y con los ojos más abiertos que las anteriores. Puedes contar otra que me acabas de arrancar. Replico mandando otro sorbo más, deteniéndose esta vez en el olor que aun expedía el fondo del pocillo y que de paso calentaba su nariz.
Y con respecto a tu generosidad, habrá de ser la única forma en que aprendimos a soportar nuestras ausencias. Mencionó en cierto tono recriminatorio revolviendo con cuidado la bolsita aún húmeda que reposaba en el fondo de su bebida. Pensaba si era que acaso no recordaba que no le gustaba el sabor del té, o si premeditadamente le había llevado a ese lugar para poner a prueba su buen humor, en todo caso sabía que no había azar en sus elecciones. Se sabían ambos de memoria sus manías y sus aparentes coincidencias.
Recuerdas como odiábamos las burocracias de los cuentos de hadas, nos recordaban el espacio abismal entre un cuerpo y el otro. Habría que dejarse caer sin tener la menor idea de cuánto iba a durar o si sería en caída libre a la mitad de la nada. Pero yo siempre con mi afán de dar todo por sentado no me tomaba la molestia de recordarte que llevabas un paracaídas a tus espaldas que te dibuje yo mismo la última noche que nos desencontramos. Ahora mírate acá pensando en si lo hice apropósito. Y lo dijo todo en ese tono cansón que tenía cuando parecía recitar de memoria los elementos de la tabla periódica, que debido al desuso había ido olvidando de a pocos.
¿Cómo Alicia? Dijo en vos grave mientras que al tiempo llamaba con los ojos y el resto de su rostro al camarero, un muchacho alto bien parecido, de cabello mediano, cari bonito, de rasgos suaves, sin nada en particular que ayudará a describirlo además de una mirada tan fija que les hacía relamerse los labios a los dos por momentos. Recordaban con cierto dejo de nostalgia cuando con sus propios ojos se desnudaban en la mitad de un puente, para hacerse olvidar que lo cruzaban, que siempre habían detestado las escaleras y que preferían atravesar por la calle sin tomarse de la mano, solos, como con los baños y los cigarrillos.
No me gustan los conejos así como tampoco sus hoyos. Desconfío de los animales que se dejan meter a un sombrero. Mencionó a la par que señalaba con la mano los dos pocillos mirando al camarero como un gesto habitual para que repitiera la dosis ya pedida. Además si se tratase de imitar preferiría el odio. El odio de los gatos. No importa cómo se cae, sino como se aterriza y ya sabes lo que dicen de los gatos por ahí: siempre caen de pie. Pronuncio mientras que repetía el gesto con sus manos ante la actitud mensa del camarero.
martes, 5 de julio de 2011
breviario v
La imaginaba abrigada, contoneándose al ritmo de la música que estallaba por sus oídos, bajo ese tabardo verde de la tienda china, que había comprado por allá en su infancia junto con dos o tres vestidos más que la hicieron descubrirse mujer ante el resto del mundo. Recreaba mentalmente las acentuadas figuras que la definían, ya que ahora donde sus caderas se pronunciaban a la altura de la silla de su escritorio que daba a la ventana, mil veces más, había visto figuras rígidas erigirse como símbolo del cambio de los tiempos de su ciudad. Como prueba irrefutable de su abandono.
Entierro Bis
Cuando lo entierren quiere que lo cremen; que con su cuerpo incinerado, convertido en un montoncito de pequeño polvo azul, dejen que los gamines, habitantes de la calle y uno que otro excéntrico callejero, se llenen sus bolsillos de ceniza sabor a alcohol y tinto. Eso sí, manda a decir que guarden cuando menos una parte para la caja de arena de algún gato, que prefiere vivir tapando mierda.
breviario iiii
Le resultaba repugnante recordar esos encuentros del sur, cuando cachivaches sin dinero buscaban extorsionar a las niñas de bien que tenían su lugar por vacaciones y se asomaban a ese mundo con los ojos abiertos, como redescubriendo la vida, ansiosas de mimetizarse con eso que nunca tenían a la mano: una vida de adultos que se pretendían adolescentes y que vivían de los giros de sus padres que preferían financiar su exilio, como una forma de lavar sus conciencias ante el mal trabajo que creían haber hecho durante su aprendizaje como padres, que aceptar que sus niños eran malas semillas y que aunque hubiesen sido formados en colegios de bien, más que sus hijos, eran los hijos de una ciudad desencantada que apestaba a alcohol a esas horas indecentes cuando se toma el bus y todos los pasajeros van bañaditos y perfumados hacía sus sitios de trabajo, alzando la vista de vez en vez reprobando aquella conducta mal sana. Hijos huérfanos. Bastardos de la calle.
breviario iii
viernes, 17 de junio de 2011
Sentencias U Ordenes
Ritalina
miércoles, 15 de junio de 2011
Breviario ii
Un gato acaba de salir del amuro porque fue añapado usando un angelito para afanar una fasería sin un calalo anterior. El pobre recibió una festichola increíble debido al recuerdo de la junta por lo garufa que era. Su yegua, una bataclana importante le preparo una sorpresa en la rúa. Cerrándola de trecho a trecho convirtiéndola en una academia para bailar sus primeras milongas. El gato lunfo goruta debido a la falta de práctica chapaliaba torpe entre las tabas de su yegua, aprendiendo apenas a llevar el ritmo con sus dos pisones, jamando los carozos oscuros de su catriela, dejándose resbalar sus dátiles por la espalda de ella hasta antes de su pan dulce, acercándola lo suficiente para llevar el paso cruzando sus tabas, las de ambos, a la vez que se dejaban llevar en medio de giros.