viernes, 10 de diciembre de 2010

Mirando hacia tu espalda

Soñaba con la estridencia de sus caderas y un beso mientras le halaba el cabello. Tropezaba entre cabellos y polvos, siguiendo un camino de pequeños punticos como lunares. Un gato en medio de santos de plástico que se acicala mientras se pregunta hacia donde debe saltar. Una vela maltratada, una luz que se prende, una mujer que se inclina, un deseo que se va para el otro cielo fundiéndose con el humo azul invisible que vota por la boca. Un tras pies, una y otra y otra vez.

Me encanta - dice ella.

Usted a mi - y lo dice de tal forma que pretende una brusquedad que se opaca por el humo que se le escapa de los dedos y le sube a la boca -.

Lo toma duro, con ganas de no dejarlo escapar, le acaricia los pocos cabellos verdes que tiene lo suaviza con la manos, lo muerde, se humedece la boca. Siente placer pero toma el cuchillo y lo parte a la mitad. Al fin y al cabo hacía faltaba otro tomate para la mesa que había que preparar para el festín del deseo que se preparaba a cenar. Los únicos testigos serán las velas, el único postre serás vos y las únicas palabras serán estas.

Estoy a punto de irme a dormir, dice ella. Y se lee como una sentencia que en otro momento escribiría sobre su cuerpo, a los costados buscando sus marcas, y con el cuidado de no rozar su sexo, ni sus pezones erectos, ni su cuna de espalda, solo su cuello, su nu(n)ca.

La toma de lado y busca su coxis, puede querer calentarle las entrañas sumiéndole las caderas acercándolas a su sexo, very, very close, tanto como para que se atraviese con cualquier mal pensamiento y le pase de largo apenas humedeciéndola. La mesa se sirve y la comida caliente alienta su cuerpo. Un vino frio y blanco espera que lo penetren. Bit by bit, she devours all the tomato, like the final, pero lo que no prevé es que ahora dentro suyo le recorre su cuello y los pechos y las tetas y la panza, y se le clava en las entrañas sin querer salir, justo debajo del ombligo, que parece copa para tomar por sorbos cualquier licor mientras una turbina de un Boeing 747 se estalla en los oídos como si gimiera.

Se encuentra ahora dentro, y se aprieta mientras se sienta durante horas frente a una pantalla y se goza cuando camina erguida con el rostro alto y se enloquece cuando lo rozan con las manos y con el baño y con el agua y con sus manos de nuevo y su pelo que bien podría ser amarillo, como el color del sol que tanto disfruta. There is now the tomato. Looking at your back.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Quinta Parada

En la quinta parada deje de mirar por la pequeña ventanita que me permitía observarlo todo a toda velocidad. Parques, casas, calles y nombres que de vez en vez hacen que recuerde por donde voy, junto a mí la silla está vacía, debe ser por la espalda grande que me gasto o el olor de días sin bañarme y el sudor de este calor que hace que mi cuerpo ande húmedo. Giró la cabeza por sobre mi hombro y cuento mentalmente cuantos pasajeros quedan aún. El primero va medio sorprendido pegado a la ventana, perplejo de ver corrientes, alicorada y alucinada. No pierde de vista ningún detalle, lleva una maleta grande que de seguro le pesará más cuando tenga que bajarse y la novedad pase por frente a sus ojos y todo se le vuelva costumbre. Un par de sillas atrás se encuentra otro, en una silla doble, que al contrario mío pareciera que esperara con ansiedad, como limpiando con suma delicadeza el asiento desocupado, preparándolo para algún compañero de ruta. A mis espaldas se encuentra una pareja, o bueno eso parecen él va serio pero tranquilo, ella, que le deja caer la mano por sobre la pierna, sonríe y le habla sin parar (en definitiva me gusta el silencio, esa forma tan propia de poder decírselo todo con apenas mirarse o mover los ojos). Paralelo a mí, al costado izquierdo el último pasajero que se toca los dedos y tiene un gesto como de andar pensando en mil cosas a la vez, ni siquiera mira por la ventana, ahora que lo pienso se parece a un gato con los ojos altivos me le quiero acercar a hablarle, pero no tengo tiempo está a punto de pasarse mi parada, este viaje acaba acá.

domingo, 15 de agosto de 2010

Dedos Atropellados

Un dedo. Quiero cebar contigo pin-to-mate, mientras vemos pasar los días por los aires y caminamos sobre corrientes rumbo al obelisco, un falo inmenso en medio de la nada, en medio del corazón del 9 de julio. Montar en subte rumbo a Carlos Gardel mientras que disimuladamente toco tu sexo en medio de los túneles oscuros de una ciudad subterránea, al mismo ritmo que lo hace un jazzista autodidacta de vagón en vagón.

Dos dedos ¿Cómo va el viaje? Espero aterrizar sobre algo ¿sobre qué podrías aterrizar? Sobre tus labios por ejemplo. Pero vas para los Aires, no vas a cruzar el océano, tal vez yo sea quien aterrice sobre los tuyos a un regreso aún incierto. De ser así podría aterrizar entonces sobre sus ceros y unos, sobre su panza y sus senos, que aún no sé si la estremece que se los aprieten con dulzura con una mano, mientras que con la otra recorro la espalda hasta el coxis siendo cuidadoso de no tocar su culo. Déjame verte otra vez subiéndote la cremallera mientras te vistes.

De nuevo un dedo. Tendría que llevarte por entre mis palabras hasta mis bigotes de leche, dejarte un rato y saludarte como los indígenas de las islas del pacifico que para saludarse respiran el mismo aire acercando tanto sus rostro que podría confundirse con un beso sin contacto, luego de eso verte subir hasta mis ojos estallados, compartiendo contigo mis per-versiones o sub-versiones; al final sólo versiones atípicas, las primeras más sórdidas, oscuras, difusas, las últimas como pretensiones destructivas de paradigmas, del Status Quo. Siempre he creído que todos tenemos versiones que son los recuerdos de los procesos neuronales del momento como percibimos la realidad y la interpretamos, una impresión imborrable, finalmente es sólo como recordamos o como queremos recordarnos tratando de inmortalizarnos.

Ahora los 20 completos. No es eso, quisiera poder compartir mi silencio, lo que ven mis ojos, y como poco a poco las pequeñas cosas que a la llegada parecen magia, se vuelven cotidianas, el mar de gente caminando de estación en estación. Ayer una mujer me dijo que la vida debería ser como en las películas y poder montarse en un avión sólo por un beso. A donde viajarías, ¿volverías a casa o a qué lugar irías? Tal vez donde los atardeceres son rojos, color naranja. Imagina lo lento que podría tocar palmo a palmo tu espalda, lo lento en llegar hasta tu coxis. Sería bastante bueno poder sentir cada uno de tus dedos.

jueves, 5 de agosto de 2010

Cerdos por la Nubes

Los Aires es una ciudad de esas que te permiten jugar con las nubes, siempre tan alto, siempre tan despejado. Los sábados en Bogotá eran los días de los gatos, de los caballos y de los muertos; al contrario pareciera que los sábados en los Aires fueran un mero conjuro de canciones argentinas, talleres artesanales que te rompen la cabeza de la forma más interesante posible y uno que otro tacón de una mujer que apenas asoma el resto de su pierna como bailando entre las nubes. Si te detienes puedes descansar sobre unos arboles matusalénicos cuyas raíces resultan más sobrecogedoras que las sillas de dos tablones, de hecho puedes intentar abrazarlos, como tanto te gustan en esas mañanas llenas sabor a alcohol y besos de subte, pero de seguro las manos y los brazos no te alcanzan y te quedas allí como metido entre las ramas buscando la otra parte del cielo.

Rumbo Cementerio Recoleta. Ruta Avenida Libertador. Helado tres sabores. Promoción de tres atados de incienso por sólo 10 pesos. Olor ámbar. Quilmes. Un perro que parece un oso. Unos culos fríos y unos vestidos bellísimos y las bombillas y el mate de todos los colores y tamaños posibles. De pronto un cerdo con forma de nube, o más bien una nube con forma de cerdo y viceversa, como un lechoncito al que sólo le falta la manzana en la boca. Mi boca, tu boca, tu lengua, me encanta tu lengua, te la mordería si no estuviésemos en medio de la iglesia y con un cura confesando a una infiel que hace tiempos no se masturba y no tiene sexo. Uno debería aprender a desconfiar de las mujeres que sin sexo no se mas-turban, esas mujeres me per-turban. Y el cura sigue manda 10 padre nuestros, 2 ave marías y una carta al Gauchito Gil.

El Gil al otro lado de los Aires, cerca de donde apenas si se duerme, en el 1333, 13 C. C, si lo sé. Aquí también se ven las nubes con forma de cerdo, aquí también se ven las bocas y los culos ya no tan fríos. Los artesanos al otro lado, sólo uno encerrado en el cuarto de al lado, la puerta que no abre las hojas que se caen, un golpe en la cara de un chico con gafas, unas pupilas dilatadas que creen estar en todo lado, un polo a tierra. Aceitunas. Pan y Lentejas en Agua. Se acaba la luz, se muerden las lenguas, se reactiva el tiempo y por fin me da la espalda, espero que sea para mostrarla.

domingo, 1 de agosto de 2010

recordatorios

De cuando en cuando espero que esta ventana este abierta, y desde que la abrí no se ha cerrado. Fulana le diria un montón de disparates pero me contengo. Con-tengo. Con-tigo. Tingo, tingo, TANGO¡¡¡¡. Cómo te va con Bogotá. La llevo a mis espaldas, con mucho frio y ganas de fumar. Y a vos cómo te va con Bogotá. Esta lejos, a veces me antojo, como con vos. Eso es sólo porque estas allá y porque te mira de re-ojo, para evitar el sonr-ojo, la son-risa y el ant-ojo. Y con Bs As y con los Zombies? Los zombies son mejor que yo. Y sus perros tambien? sus perros y sus gatos y sus loros. Oye. Oreja. Le podría dar un beso, pero más en el cuello, de esos besos que se quieren subir sin recato. Hasta la oreja y quedarse un rato ahí. Quedarme un rato donde quieras, me vuelvo complaciente sin olvidar a donde quiero ir. Quedarte donde quiero, para llegar donde tu quieres. Si es cierto. Tambien es cierto que voy a fumar. Ve pero vuelve. Estoy muy cansada, se cierran los ojos y muy proximamente las ventanas, que pases buena noche.

lunes, 19 de julio de 2010

En Construccion

Si los Aires fueran una ciudad de zombis, hombres muertos andarían por doquier comiéndose a todos los perros que pululan por entre las calles, las casas y los balcones, y ya no sería la ciudad de los perros y de la mierda.
En esta ciudad de zombis todos los habitantes descansan en 95 hectáreas destinadas sólo para ellos, una parcela bellísima con cámaras y re-cámaras hacia arriba y hacia abajo, hacia arriba cielo azul, loros color verde y morado que espantan a las palomas en medio de gritos seudo-zombis, hacia abajo un olor que apenas si fluye, como estancado; hacia arriba una ciudad que me espera, hacia abajo la ciudad en la que habito; hacia arriba de donde se viene, hacia abajo para donde se va.
Los zombis más recatados llegan atravesando la avenida Guzmán, otros que por entre Warnes y Jorge Newbery saltan las tapias altísimas porque viven en el sur y los otros, los últimos los que vienen a morir de afuera que llegan en los trenes de San Martín y copan las estaciones y los rieles con sus restos llenos de sudores fétidos y carne podrida.
Ya al atravesar las columnas todo cambia, la parcela bellísima se encuentra tan bien organizada que es lo que en verdad asusta, la ciudad dentro de la ciudad ya no tiene nombres, sino que de nuevo se usan los números como seña, como indicio de guianza. La industria duerme y las chimeneas del crematorio recuerdan la época en la que se incineraban a los zombis, quisiera arder así de vez en vez, como en las piras antiguas en medio de tablones. Temperatura promedio de 760 a 1150 °C, lo suficientemente caliente para quemarlo todo, dependiendo de la altura.
Los habitantes zombis también tienen sus perros, que son más bien loros pero que no repiten nada que se pueda escuchar. Los más importantes viven en el centro, en el subsuelo de Maurits por entre los números subiendo y bajando escalones en todas las direcciones imaginables, y en las inimaginables también que es de lo más cómodo, sólo no hay que respirar, debes contener el aire para saberte vivo.
Los más acomodados descansan en mausoleos que rememoran edificaciones antiquísimas romanas, góticas y neoclásicas que cuentan con uno, dos y hasta tres sub-pisos. Hay otros que prefieren algo más campestre y viven en medio de jardines, pero en las jornadas de invierno prenden las chimeneas del crematorio, ya solamente para calentarse un poco y sobre llevar la ola polar que llega una vez cada año a la ciudad.
Tienen un santo que los cuida, y al que en el parque contiguo, el de los andes le colocaron un altar en medio de banderas rojas y cartas con letras casi ilegibles, casi analfabetas, ya que en definitiva para creer en algo no se necesita un titulo que lo convalide. Su nombre de pila Antonio Mamerto Gil Núñez, el de profesión Gauchito Gil. Un campesino por allá del siglo XIX sobre el cual se dicen tantas cosas que no importa cuál de ellas sean ciertas. Sólo que fue asesinado justo bajo un árbol de Algarrobo, que tampoco se aclara si fue europeo, loco o criollo, o mejor Cercis o Guapinol, se sabe que fue un árbol para colgarlo del pie, y no para estacionarse como un globo.
Al Gauchito, todos los llevan en alguna parte del cuerpo, como estampitas pegadas, para encomendarse a él en el momento en el que salen de su ciudad, a las ruinas de la antigua capital federal, que luego de una ola polar prolongada quedo como congelada en el tiempo, con calles completamente vacías, mercados chinos desolados y uno que otro pibe chutando una pelota contra el pavimento.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Sin Pisar las Rayas

Guillermo Tell, a pata pela', el inmortal, a pata pela', a los cosacos les dio la libertad, a pata pela', cantaba la pequeña niña hermosa entre un saco oscuro y una falda roja, que apenas si le daba espacio para calentarse menos de una distancia de cuatro dedos en las piernas, saltaba, cogida de la mano de una mujer que bien podría ser su hermana, camino al colegio todas las mañanas, por las calles de ese barrio que son todas tan iguales y llenas de parques, parques, muchos parques como el abuelo le había contado desde siempre, como ella los caminaba todos los días cantando y saltando sin pisar las rayas.

Era el juego que habían acordado las dos mujercitas cuando en las mañanas salían corriendo de miedo por no llegar demasiado tarde o demasiado temprano e intempestivamente, y antes de comenzar a cantar la tierna voz que los cosacos, a pata pela', agradecidos, a pata pela' le regalaron un tarro'e mermelá, a pata pela', recordaba la ausencia de cualquiera de esos extraños artilugios de colegio que uno se veía obligado a llevar, pero que a ella en medio de su falda roja y sus piernas canela se le dificultaba recordar, tal vez porque quien lo decía no era su abuelo o tal vez porque desde ese momento ya perfilaba una cierta tendencia al descuido y a una falta de memoria útil.

Y entonces su acompañante, que bien podría ser su hermana, no tenía más opción que tranquilizarla con ese juego, para que la pequeña voz escondiera su miedo por llegar a ese lugar, y dando saltos la niña se iba perdiendo, a pata pela', por entre las rayas, a pata pela', mientras que la mayor, con la fuerza que sólo da saber poder llevar a otro ser en su vientre, afinaba su vista al suelo buscando monedas, a pata pela', sin pisar las rayas para no despistar el canto, a pata pela' y rogando que no fuera un tarro de mermelá sino un cofre lleno de tesoros de hojas blancas grandes y cuadriculadas, de bolas de icopor de todos lo tamaños, colores y hasta olores o de sólo cincuenta pesos, con los que pudiera frente a la entrada del colegio comprar uno sólo de los tesoros que era cuidado por un niño-monstruo que dormitaba siempre en el antejardín de la casa.

Así entre patas pela', los saltos se iban pronunciando cada vez más por que las rayas de un momento a otro se hacían más seguidas y ya Guillermo Tell, no había hecho nada más y ya Santiago Watt, a pata pela', el inventor a pata pela' de la primera maquina a vapor, a pata pela' era reemplazado por las maquinas de gasolina que aparcaban justo en el sitio donde la pequeña vos debía esperar cada vez que llegaba tarde por creer que estaba jugando y desde ahí veía como su compañera se despedía por fuera de las rejas y entre los árboles caminando una a una todas las rayas que habían saltado buscando de nuevo donde colocar el cofre lleno de tesoros

sábado, 26 de diciembre de 2009

Trufas a la Frambuesa

Preparación:
  • Caliente la pulpa de frambuesa con el azúcar, mientras que sin besarla le recorre todos los labios calentandolos con su respiración; añada la crema de leche y la glucosa dejandola hervir, mientras que sus manos comienzan a acercarla a su cuerpo tomandola por la espalda.

  • Aparte, descienda con una mano lentamente hasta sus caderas tocandola como por descuido en la mitad de su sexo, mientras que con la otra coloca en un recipiente la cobertura de leche picada muy pequeña y vierte la mezcla de frambuesa sobre ésta.

  • Incorpore la mantequilla (al clima, de su piel que de seguro hará que resbale mucho más fácil) y bata manualmente hasta que la mezcla esté sedosa.

  • Rellene una manga pastelera con esta mezcla y refrigérela durante 15 minutos, mientras que espera empiece a desnudarla de rodillas delicadamente comenzando por la parte de abajo.

  • Retire de la nevera y con la ayuda de la manga forme bolitas, a la par que que se levanta y se ubica justo detras de su culo; coloque sus manos firmes sobre el mesón rodeando sus caderas, mientras que ella coloca las bolitas sobre un plato forrado con plástico adherente.

  • Introduzca en cada bolita un frambuesa y a la par de cada frambuesa penetrela no tan profundo, permitiendo apenas que se estremezca; enharinese las manos y termine de darles forma, también lo puede hacer con sus tetas.

  • Llévelas al congelador hasta que endurezcan y mientras tanto follesela tantas veces como pueda mientras lo tenga duro.

Para Cubrir:


  • Aparte, derrita la cobertura de chocolate al baño de Maria (usted personalmente puede nombrar el baño como bien le venga en gana) e introduzca cada trufa en ella, buscando bañarlas como lo podría hacer con su nombre.

  • Luego de esto saquela para que se solidifique y lleve a la nevera, entre tanto descance un momento y repita la receta.

  • Cuantas veces les apetezca

miércoles, 21 de octubre de 2009

Funcionario francés

Marcel estaba mirando Tvfrance por su computador. La oficina tenía una silla excelente para mirar tele en las horas muertas del trabajo. Una tarjeta de televisión conectada a su ordenador le permitía que la antena satelital, pegada fuera del edificio blanco marfil, mirando hacia lo alto, transmitiera la señal del canal francés. Verlo cómodamente en su oficina, sentirse en Francia un rato. Su papel era importante en la fundación; en realidad, sólo firmaba papeles e iba a negociar cuando se requería. Una bella sonrisa y ojos azules, voz delicada y varonil, un acento de R apagada por falta de fricción de la lengua con el paladar, y el acento gangoso al final de frase. Una mente sagaz y conocedora de hombres, algunas veces totalmente atónita de la experiencia del otro. Todo un gestor humanitario.
Desconcertado observaba una noticia. Los agricultores protestaban en Francia pidiendo millonarios subsidios como los que habían tenido los banqueros con los planes de salvamento. Una salvación para la crisis, exigían hablar con Sarkozy. Después una noticia de un suicida en el metro que muestran en cámara lenta mostrando como el suicida intenta ser salvado por un hombre y cae también, los dos muertos. Inicia entonces el programa. Un hombre bordeando los sesenta con un atuendo informal presenta en una mesa los cuatro reporteros que hicieron las cuatro notas del programa. Cuatro reportajes de distintos lugares y temas que eran mostrados a los largo de una hora.
El primer reportaje fue sobre una empresa de bricolaje, que como oficio tenía curar la madera de antiguas casas y fincas de la campiña francesa. Mostraban el tratamiento a aplicar encima de los grandes soportes de madera que sostienen la casa en pie, para evitar que entren insectos que deterioren la madera, o que la vejez de la misma haga venir la casa abajo. En seguida una morena habla sobre una ciudad alemana donde hay una feria de arte. Ella recorre todos los espacios del museo, invitando al televidente a asistir a esta ciudad. Recomendó especialmente el videoart de un taiwanes. En la sección de deportes hablan de “Le wakeboard”; consiste en ir en una tabla tras una lancha en un lago jugando con las olas que va dejando el paso de la maquina por el agua, giros de dos metros de altura en un sentido y otro como acróbatas de circo. Impulsados por la maquina a todo motor, los chicos salen volando de un lado para otro, sintió una fuerte patada en su espalda, algo había vuelto añicos la ventana e irrumpió en el programa.
Se levantó inmediatamente, algo atontado por el impacto y el sonido del metal resonar sobre el piso. Escuchaba al joven reportero discutiendo con el viejo bien vestido sobre la bendita tabla para lago sobre la mesa. La pipeta de gas propano había caído justo atrás de él, aún no estallaba, una luz. El estallido voló una pared e hizo mover el polvo entre cada ladrillo, el letrero de la Cruz Roja pegado en la fachada se soltó de un lado al mismo tiempo que la puerta proyectada de sus goznes golpeó a la secretaria que llevaba los papeles a su jefe en ese instante. En la habitación Pierre Morville hablaba de las huelgas en Orange Labs, después el atraso de trenes en la estación de Paris. Todos tenían un pitido constante en el oído. Una mujer de falda corta y escote temblaba compulsivamente bajo un escritorio con la mirada perdida y la boca llena de saliva, nadie se levantaba. Sólo se escuchaban gritos y quejidos.

miércoles, 14 de octubre de 2009

El Plato de la Otra Mesa

No sé si lo han notado, pero cuando por lo general ustedes – los comensales – entran a un restaurante y se acerca el mesero con platos envueltos en una carta; al principio siempre creemos que la elección que tomamos ha sido la mejor. Viene una amena charla, entre apenas unos desconocidos que se pretenden familiares – no se dan cuenta tan siquiera de la forma en que sus ojos se esquivan tímidamente – como preámbulo para el banquete que comienza a adornarse con los cubiertos, los platos y las copas.

Las entradas que preparan nuestro paladar para el festín, en muchos casos se nos antojan deliciosas, tanto así que solemos empalagarnos golosamente – pienso que en la mayoría de ocasiones deberíamos quedarnos solo con las entradas – hasta rebozar nuestras panzas, para luego aún así, asumir una cobardía ante la lógica que nos impide levantarnos de la mesa y pasar por descorteces, y no nos deja otra opción como comensales más que creer a pie juntillas que nuestro plato fuerte es la mejor elección.

La conversación, que por momentos se vuelve monótona se encarga de aderezar la espera del plato. Si la conversación resulta lo suficientemente comprometedora dará la apariencia de haber superado la posible pesadez ocasionada por las entradas y preparará las panzas para tragar sus propias elecciones, que aún inocentes pueden no prever la falta de saciedad que buscan sin saberlo.

Es importante en este punto aclarar que el tipo de comensales, define a su vez el tipo de restaurante y por tanto el rito en el que se convierte comer; entre más refinado y gourmet se pretenda, tanto o más así será el rito. Si por ejemplo encontramos una suerte de babero enrollado sobre el plato que anticipadamente anuncia un posible desastre, no es de extrañarse que no solo veamos los cubiertos con los que usualmente comemos, sino que habrá toda una suerte de artilugios que pretenden facilitar la ingesta, pero que al contrario de su naturaleza pueden tornase en grandes complicaciones, para un comensal desprevenido. Comer en esta forma se convierte en un rito que permite ser observado desde la de-gradación. Es bueno tener en cuenta que no siempre lo refinado y gourmet es lo que llena. Lo que en realidad nos llena es lo que provoca el desborde de la pasión por la comida, que dependiendo del comensal, puede ser observado como un pecado capital, la gula.

Cuando, luego de haber esperado y haber querido levantarnos más de una vez de la mesa, llega por fin el plato fuerte, que de acuerdo con la experticia del chef, vendrá adornado de una forma tan elegante, que por momentos no somos capaces ni de tocar. Hasta ese momento la comida ha superado, sin mayores tropiezos su lógica impuesta. Pero es justo en ese instante, cuando desprevenidamente y con la sensación de familiaridad que genera el haber hablado durante un buen tiempo en presencia del comensal de la otra mesa, que nuestros ojos comienzan a descubrir una verdad. Y es que el comensal, el de la otra mesa, ha elegido un plato fuerte que se nos antoja mucho más provocativo que el nuestro.

Comienza de esta forma un juego, que nunca se imagina el rito, donde cada mirada al otro plato, a la otra elección, nos golpea de frente cuando comemos bocado a bocado la nuestra. Esta situación hace que la conversación que acompaña la comida se torne tediosa y en muchos casos los silencios se prolongan, cuando el comensal antojado, solo se concentra en el otro plato tratando de entender por qué esa y no la suya, le resulta una mejor elección. Sopesa, el tipo, el tamaño y el color, y a simple vista podrían ser lo mismo, pero cuando con más detenimiento se fija en los acompañamientos del sabor, descubre, por ejemplo, que son calamares, ese sabor que enloquece su paladar – al igual podría pasar hasta con el pollo – y que ya hace tiempo no lo prueba y quiere recordar.

En un principio trata de entenderlo como un simple antojo, algo pasajero, pero en el momento en el que observa el labio inferior del otro comensal, el de la otra mesa, relamiéndose con un gusto exaltado, tan de puta madre; el antojo se convierte en una pretensión de tenerlo todo en su boca, llenando cada uno de los pequeños poros de su lengua y por momentos haciendo que pierda hasta la razón. Es como si por ejemplo cada mirada sobre la otra mesa fuera una caricia sobre su espalda, y cada bocado un beso.

Estando así, vuelve como en un aterrizaje forzoso sobre su plato, y apenas si lo prueba, obedeciendo a la misma lógica que minutos antes, no le permitió levantarse de la mesa, lo prueba como con desgano, teniendo la certeza que no llenará su panza – para ese momento ya es consciente de porque se encuentra allí – pero aún así seguirá probándolo, sin querer comerlo, y es en ese momento que pensará sobre la bebida.

Es la bebida una parte importante del rito, en ella se demuestra cual es la forma para tragar las cosas. Si de nuevo volvemos sobre el babero, ya no enrollado encima del plato, sino puesto sobre nuestras piernas, no es de sorprenderse por ver un par de copas que más o menos tengan las siguiente características: un diámetro de más de 6 cm, para que la nariz quepa en la copa al beber el vino (siempre se quiere tener metida la nariz donde no se nos ha pedido); dos, un delgado espesor, que pueda dar a los labios la sensación de saborear mejor (eso puede funcionar de perfecta forma cuando los labios no son lo suficientemente buenos por si solos); tres, la copa debe tener el borde ligeramente doblado hacia adentro, de manera que el olor se mantenga (los olores siempre son importantes, aunque hay unos que percibimos de mejor forma que otros); cuatro, la copa debe ser completamente transparente y con pie para apreciar bien el color (en definitiva el vino es una bebida que se pretende completamente honesta); cinco, la base debe tener un diámetro suficiente para que la copa tenga buena estabilidad (aquellos comensales que prefieren el vino indefectiblemente, prefieren la estabilidad); seis, la copa debe tener un pie suficiente como para poder sujetarla sin calentarla con la mano (es impropio buscar calentar); siete, la copa ideal debe tener una capacidad mínima de 150 cc. (Siempre es necesario garantizar un mínimo de deleite, aunque en muchas ocasiones, se pretenda garantizar también un máximo); y ocho, cuando sirva dos vinos al mismo tiempo, coloque la copa más grande para el vino tinto, y la chica para el blanco (es una buena aclaración para los gustos del comensal). Si vemos esa copa, o alguna que guarde bastantes similitudes, hemos de afirmar que el rito se encuentra en su mayor grado de refinamiento y por tanto, no es prudente de parte de ningún comensal tener algún tipo de incidente, ni siquiera con las sobras.

Luego de esta reflexión el comensal antojado, no tiene otra opción más que meter su nariz en una copa inmensa, buscando saborear una bebida honesta. Un sorbo, otro más, pero no otro, el vino como bebida en exceso no es bien visto. Y en ese pensamiento gira su cabeza hacia la otra mesa y apenas si descubre una cerveza nacional fría. Algo mucho más sencillo, que permite el deleite en sorbos más largos sin necesidad de meter narices, o atrapar sabores. De hecho en ocasiones la cerveza permite la decencia de eructar si, así se quiere.

Comprobando esa situación, en un intento más, vuelve sobre su plato y su vino. De hecho hasta intenta retomar la amena conversación que por momentos tuvo en el principio con su compañero de mesa. El comensal compañero, que tal vez ni se ha percatado de ello, ya casi ha acabado con todo el plato fuerte y en un gesto de preocupación, pregunta si a caso no le ha gustado su elección, a lo que el comensal antojado, tiene que responder diciéndoselo más a él mismo – como una forma de afirmar lo que no quiere –, que al comensal compañero, que claro que le ha gustado, solo que al parecer no tiene tanta hambre. En estos casos, la parte final del rito puede tener dos finales. En uno el comensal compañero, convence al comensal antojado de la pertinencia de un postre para llevar a cabo de forma tradicional el cierre de la comida, y el comensal antojado, intenta como último recurso comprobar la efectividad de sus elecciones arriesgándose a escoger un postre, entre otras también para saber si llena su panza. En el segundo caso, el comensal compañero toma la misma decisión, pero en un segundo de lucidez, el comensal antojado dice que no, como una comprobación justamente de lo poco atinada que resultan sus elecciones en ese rito. En caso tal que la situación sea la primera es conveniente saber lo que sigue:

Los postres son un elemento muy importante al momento de acabar con la comida. En su elección acertada existe la posibilidad de repetir el encuentro. Esta situación sólo se puede repensar para ser reemplazada, cuando se tiene la suficiente decencia como para ser capaz de relamer – en caso de helados – o repelar – en caso de brownies – hasta con sus dedos la última pizca de placer que aún está sobre el plato esperando, en dicho caso, no habría necesidad tan siquiera de que el comensal compañero propusiera la elección del postre.

Ya en este punto solo queda por determinar la forma de pago de los comensales. A este respecto hemos decir que existen un sinfín de posibilidades, pero aquí hemos tan solo de enumerar las tres más importantes: la primera, el comensal compañero ha logrado percatarse finalmente de lo poco lleno que resultó el comensal antojado, y como una forma de expiar sus culpas decide pagar toda la cuenta, ya que finalmente él si disfruto la comida; la segunda, el comensal antojado, como una forma de hacer valer sus elecciones decide intempestivamente pagar la cuenta, como un gesto de complacencia por la animada visita y una forma de negar el plato de la otra mesa; y la tercera, donde cada quien paga lo que eligió (y no necesariamente comió), lo que muy comúnmente se conoce como la forma americana – es bueno decir en este punto, que de las tres posibilidades aquí planteadas, esta tercera es la menos nociva que existe – lo cual genera un espacio de independencia y deja abierta casi todas las posibilidades futuras.

Teniendo este panorama el comensal compañero, en el mismo tono que llevó a cabo toda la conversación, se adelanta a pagar rápidamente, como una forma de expiar sus culpas, sin tan siquiera sospechar que al contrario de su intención, el comensal antojado, ha agregado un elemento más a su factura, su propia elección, la de él, y la más costosa de todas, la de preferir comer del plato de la otra mesa.