sábado, 22 de diciembre de 2007

Discusion en la escuela

Era lunes a las siete de la mañana en la escuela Fernando Rosas. Los últimos niños entraban a la escuela somnolientos y desalentados por haber empezado la semana con un llamado de atención.

-Manuel venga para acá – grito el Coordinador de disciplina, llamando a un niño de unos once años, que había tratado de escabullirme de la reprimenda.

Manuel giro poco a poco, mirando el piso, e imaginándose el rostro del Coordinador con sus enormes gafas de miope. Con sus ojitos detrás de los lentes escudriñándole hasta el más pequeño error en su presentación.

-Ya es la tercera llamada de atención en este mes señor; y solo llevamos una semana de él – grito el Coordinador.

-Lo siento, pero es que… - rápidamente invento una excusa- no vivo cerca. Usted lo sabe muy bien, entonces… no alcanzo a llegar temprano.

-Entonces debería levantarse más temprano, al que madruga dios le ayuda. No se como va a sobrevivir en este mundo. Acompáñeme a la oficina. –Dicho esto, se acerco al portón de entrada y se lo tiro en las narices a una niña que venia corriendo. Luego tomó a Manuel fuertemente del hombro y lo condujo quedamente hacia la oficina.

Manuel se sentía como un pequeño insecto en las amplias sillas de cuero de la oficina del Coordinador. Se sentaba en el borde, apoyando las manos en el escritorio para que en el momento que el traga moscas de cuero atacara, él pudiera escapar. El coordinador estaba hablando con la madre de Manuel por el teléfono. Por el tono triunfante y descansado de las gafas con cuerpo, era evidente que la madre estaba disculpándose por la actitud de su hijo, y se quejaba de que ya no sabia que hacer con él.

Al colgar el teléfono, los pequeños ojos del Coordinador se quedaron estáticos sobre Manuel, que ya había escapado del primer ataque del traga moscas. Sin mover los ojos sacó una carpeta del escritorio y dijo:

-Lleva cuatro logros perdidos este bimestre. Usted es algo… vago. Dígame ¿Por qué no le gusta estudiar? – pregunto acechando al niño desde el otro lado del añejo escritorio de roble.

Manuel sin pensarlo respondió:

-Por que no se para que sirve

El coordinador miro sarcástico al insecto, y pensó brevemente como podría iluminar con su conocimiento a este pequeño ignorante.

-¿Cómo así que para que sirve? El estudio sirve para aprender todos los conocimientos que ha creado el hombre. Todo, las matemáticas, las ciencias. El que estudia comprende mejor las cosas, las ve de mejor manera, tiene más conocimiento- recitó el Coordinador entusiasmado mirando hacia el techo.

-Pero… ¿y eso que me importa? Acaso no puedo vivir, sin conocer las cosas, hay miles de personas que no han estudiado y siguen allí, viviendo.

-Hay Manuel ¿acaso no quisiera avanzar en su vida? Vivir mas cómodamente, tener un futuro. Para esto también sirve estudiar. Para llegar lejos, cuando termina el colegio hace una carrera y consigue un buen trabajo. En cambio si no lo hace se quedara viviendo mal y luchando día a día por un sueldo miserable ¿quiere eso? Por eso tiene que educarse.

-La verdad señor, tal vez no quisiera eso. Pero si el estudio solo sirve para ganar dinero es más tonto de lo que pensaba. Además eso que usted dice de educarse no tiene sentido, por que en mi casa también me educan. No ve que mi mama me dice que no entiende por que soy así. Que parece que me hubieran educado en el monte.

-Bueno si, en su casa también lo educan. Pero ¿usted no quisiera ser presidente de la republica? Con lo que le enseñan en su casa no podría serlo.

Manuel se rasco la cabeza y se imaginó como presidente de la republica, apareciendo en la tele y mandando.

-Pero para que quiero ser presidente, todo el mundo se quejaría demasiado de mí, y me echaría la culpa de todo. Además mi mama siempre me dice que los presidentes envejecen mas rápido que todo el mundo, y no son felices. Yo solo quiero ser feliz.

-Esta bien, no sea presidente; pero igual para ser cualquier cosa necesita educarse.

-Y… ¿para ser feliz? No veo en ningún lado eso, el conocer las matemáticas y las ciencias no me motiva en nada eso. Por ejemplo en ciencias sociales, estudiamos la historia de América, pero lo único que hace es entristecerme.

- ¿si? Por ahí dicen que el que no conoce su historia esta condenado a repetirla. Por eso debe conocer esa historia para que en un futuro no la repita y pueda ser feliz.

-Bueno por ahí ya es distinto. Pero eso nunca me lo han enseñado solo se fechas y nombres, que no tienen ningún sentido. Pasa lo mismo con las otras materias ¿Por qué no nos lo enseñan?

El Coordinador giro sus ojos por las cuencas. Agarrando los tres pelos en su calva. Se paro de la silla rodeo el escritorio y llevó a Manuel de la oficina directo al salón de clases.

Margenes

Quien podría referir algo que solo piensa y recuerda, sin poder escribirlo de una manera creíble que represente algo “universal” que todos recordemos y pensemos como un sonido loco que trae a tu memoria recuerdos de olores y sensaciones, la piel de aquel.. de ella, de emoción frenética y sin sentido.

Pero vivo en el edificio Apolo, en la mesura, en el ensueño. Observo a través de mi ventana que hay después de ella, el cielo, y la urbe desvanecida por el sol intenso que cae sobre las fachadas y techos de los edificios mostrando su irrealidad. Lo demuestra, el sudor del pavimento que impide ver en lontananza, sudor confuso y blando por donde corren los autos, sin saber que son falsos... pero no se me permite revelar esto.

Tengo que alejarme de esta ventana, mejor voy a la cocina o al cuarto, ¡no!, mejor voy a refugiarme en la biblioteca a mirar la realidad... la otra.
Es un doceavo piso en donde vivo en la falda de unos cerros de un país virtual, en la capital del olvido; el culpable es el viento que se lleva las hojas de papel, los edificios, el tiempo, la tierra, la vida, todo lo querido por cualquiera, maldita ciudad de vientos y ventarrones, que se lleva consigo tejados de casas, te despeina, y se lleva tu conciencia; él es el borrador, es el culpable y encargado de borrar la natura, maldito elemento.

No importa a fin de cuentas esto, si continuo divagando se acaba la trama, mi dueño y creador quedaría descontento ¿no es cierto?, en fin estoy hablando solo. Este es mi apartamento 69 m2 de cocina, dos cuartos, una sala-comedor, y paredes con copias de magrit, con muebles heredados, ollas nuevas y libros por doquier; pero este es el Apolo donde todo es realidad, ensueño y mesura.

Bueno, que más les puedo decir, las paredes son blancas... ¡ah!, mejor dicho imaginen que puede haber en 69 m2 de construcción; faltó algo en mi anterior descripción, los baños: uno se encuentra en el cuarto principal, el otro en el pasillo que conduce a las habitaciones desde la sala, pasando por el comedor queda la puerta de entrada justo enfrente del inicio del pasillo.

Ahora me estoy dirigiendo al baño, no voy a revelar por cual razón voy hacia allá; ni siquiera mi dueño y creador lo sabe. Voy de espaldas a la ventana cruzando la sala y entrando al pasillo que lleva a los cuartos, abro la puerta que se encuentra en la mitad del corredor, es un baño pequeño, yo diría que normal como cualquier otro, con una ducha que cubro con una cortina corrediza de plástico, un inodoro como todos, un lavabo de mediana altura y un gabinete de aquellos que tienen un espejo incrustado en la puertecilla; procedí a abrir esta ultima observando lo que se encontraba en su interior: varios envases con pastillas, una barbera de las antiguas que se emplean con hojas de minora y un tarro de espuma de afeitar.

Creo que el creador ya sabe lo que voy a hacer, pero sus letras no lo van a impedir ¡todo es una vil ilusión la ventana, la ciudad, el edificio, el ensueño, la creación!

Tomó la cuchilla con la mano derecha y la resbaló suavemente sobre su muñeca izquierda, dejando ver su liquido vital que oxidado aparentaba un color rojo oscuro; Sonreía al ver la muerte acercarse, salió corriendo regando y salpicando su sangre por el piso y paredes blancas acercándose a la puerta de salida tratando de llegar a ella, toco la chapa, la giro y la abrió rápidamente encontrándose con una pared blanca con rayas; y, mientras intentaba pasar las márgenes del cuaderno, todo se rayaba.

Y mientras intentaba traspasarla todo se rayaba

PERSECUCIÓN


Los platanales se le venían encima, lo golpeaban y le impedían huir rápidamente. Trataba de hacer sus zancadas sigilosas para que no supieran que tan cerca estaban, miraba cuidadosamente donde pisaba para no quebrar ramas o remover chamizo, se sabía valiente por eso tenia la oportunidad de pensar en tal presión, sino fuera así lo habrían cogido hace rato. No era la primera vez que corría por allí en estas condiciones.
La otra vez lo persiguieron hasta el río, por la orilla se metió en una cueva de babillas, prefería morir sin cabeza que de exceso de plomo en la sangre, no lo encontraron y desapareció por dos semanas cuando volvió al pueblo ya había pasado la calentura.
Las pisadas se escuchaban cada vez mas cerca no entendía por que no le habían perdido el rumbo aún, debían llevar un sapo con ellos que conociera tanto como él aquellos andares. Sintió miedo, lo invadía por todo el cuerpo como un palpitar que le iba subiendo hasta los ojos, las venas de sus párpados se expandían y contraían con un calor que lo cegaba. Sus pasos se volvían torpes y lentos hasta que trastabilló y cayó en una zanja sin poder moverse. Se quedo quieto no se movía, para que, lo encontrarían.

Murmuraba rezos, Lagrimeaba, sentía leves espasmos en el estomago que subsanaba moviendo las manos en la tierra, los pasos se acercaban con sus botas negras, que cargaban hombres de patria disfrazados de verde. Ya sabia que iban a ser cuando lo encontraran, no esperaba misericordia, ya su paciencia había acabado y el calabozo ya no lo aceptaría. Lo torturarían hasta el amanecer y el ocaso de su vida llegaría con él; tendría suerte si encontraran hinchado su cadáver en un potrero, o en la margen del río, putrefacto y partido a golpes. Tal vez no sucedería así, sólo desaparecería debajo de tierra negra, incógnito. Pensaba esto mientras lo levantaban de sopetón poniéndolo de nuevo en el piso boca abajo.

viernes, 21 de diciembre de 2007

No le preguntes a nadie

“…cuando todo un nublado descarga sobre él,

Se envuelve en su manto y se marcha caminando

Lentamente bajo la tormenta”

Friedrich Nietzsche.

El atardecer acaecía lentamente a través de la ventana. El sol coronaba una colina al sur occidente escondiéndose juguetón a la mirada de Maria. Por el apartamento rondaba el olor de comida preparándose y los ruidos que venían de la cocina evidenciaban que Manuel era el que estaba cocinando, siempre lograba hacer una buena comida, pero dejaba todo como si hubiera ocurrido una gran guerra. Era el cumpleaños de Maria; otro año más de existencia en el mundo. Este día todo parecía desaparecer en sus manos, como en todos sus cumpleaños la sensación de impotencia se acrecentaba al ver que no tenia posibilidad alguna de realizar cambios; que su vida se fugaba entre borbotones de sangre que se deslizaban por una herida difícil de cerrar, porque no estaba segura de donde se encontraba: decidía entonces esquivar todo para tomar fuerzas y pisotear aquello que la enlazaba inevitablemente a la conclusión que nada en ella había cambiado, solo el hecho de haber transcurrido un poco de tiempo.

Su apartamento se ubicaba en un piso alto del edificio de 26 pisos que estaba incrustado en la falda del cerro; desde allí podía ver toda la ciudad a sus pies, la apreciaba inmensa y esta sensación le hacia ver que no podía tomarla y constreñirla hasta sacarle sus jugos vitales entre la manos, era un gigante húmedo y sin forma, un organismo desnudo ante ella. Veía las arterias que la recorrían, por donde pasaban pequeños glóbulos rojos a toda velocidad, a veces se quedaban estancados moviéndose lentamente, mientras otros se quedaban en lo alto titilando, rojos, negros, rojos, negros. Pero lo que más le atemorizaba era su rugido fuerte y poderoso, un largo y sostenido bramido, como si tuviera una enfermedad insoportable que lo hiciera revolcar y gritar de dolor todo el tiempo. ¡Gruuuuuuuu! Tuuutuu pipipiii ¡Gruuuuuuuu! Un fuerte ruido le llamo la atención haciéndole dirigirse a la cocina, el apartamento ya sin luz la obligaba a andar a tientas utilizando sus manos para ubicarse, distinguiendo solo contornos que le recordaban gélidamente a Maria las prisiones que pintará Goya. Corrió al interruptor.

-¿Necesitas ayuda en algo manolo? –un gruñido en la cocina fue la respuesta- ¿¡no!? Esta bien, espero no vayas a destruir la cocina. Vieras lo hermosa que esta la ciudad hoy Manuel, asómate un poquito –dijo esto en un tono retador y pendenciero mientras encendía un cigarrillo; Manuel salió limpiándose las manos en un delantal untado de masa, salsas y agua. Dirigiendo su mirada fuera de la ventana y enseguida regresándola a la espalda de Maria, la cual, tomo suavemente con sus manos, llevándolas poco a poco hasta el abdomen, acariciándolo vigorosamente, sintiendo sus pequeñas imperfecciones, recordándolas ávidamente en su cabeza, llevando sus extremidades hacia la orilla contraria, cerrando sus brazos sobre su cuerpo, terminando el gesto de un abrazo fuerte y seguro: la amaba profundamente pero nunca se lo había podido decir, hombre de pocas palabras. Mujer esquiva y resabiada. Como a él le gustaban.

-Te siento rara hoy ¿Qué te sucede? Desde esta mañana has estado demasiado pensativa, te fuiste sin despedirte y cuando fui a recogerte ahorita en el trabajo no dijiste una palabra coherente en todo el camino. Es el día de tu cumpleaños deberías estar muy feliz, este día es el único que uno debe celebrar de verdad, es cuando se inició la torpe existencia de cada quien. ¿No te parece importante?

Llevaban poco tiempo de conocerse, él no sabia que le molestaban sus cumpleaños desde pequeña. Le incomodaba que se multiplicaran sus seres cada año marcado con un nuevo calendario, el peso de la madurez y los recuerdos que se amontonaban en su memoria sin etiqueta ni importancia, solo unos pocos tenían la suficiente.

Le susurró que no pasaba nada, que era estrés, el trabajo, cosas de esas que la tenían así, mientras le besaba la boca lentamente mirándolo a los ojos, acariciándole los labios con la lengua introduciéndola largamente, tomándolo de la nuca con la mano, apretándolo contra sí, con los ojos cerrados hacia un mapa de lo que encontraba, se deslizaba lentamente hacia un lado, besándole la mejilla, el borde de la boca y de nuevo adentrándose con fuerza en su saliva, chupando sus labios para terminar mordiéndolos diciéndole que se le quemaba algo en la cocina, y él se soltaba presuroso abriendo los ojos sorprendido, arrancando para la cocina con un saltito por un pellizco en la nalga.

Una voluta de humo salía de la cocina, Manuel gritaba maldiciones “¿necesitas ayuda?” cuestionó ella “si, ¿puedes poner la mesa mientras arreglo por aquí?” el estridente rumor de los autos en la calle llegó hasta el apartamento, al abrir la puerta del bife se sorprendió de encontrarlo vacío. Solo cenizas y pequeñas nubes de humo lo llenaban.

-Manuel ¿tu moviste los platos?

-No deben estar ahí, yo lave esta mañana y los acomode ahí –dijo señalando el mueble donde Maria tenía asomada la cabeza haciendo él otro tanto- ¡y esto! Estoy seguro que los deje aquí – se dirigió a la cocina y empezó a revisar en cada gaveta que la componía sin encontrar absolutamente nada, solo cenizas y humo.

Después de revisar en toda la casa resolvieron que habían sido robados en su ausencia, pero ¿Cómo habían desaparecido los objetos de la cocina si Manuel estaba seguro de haberlos visto mientras cocinaba? Era imposible que hubieran entrado mientras estaban en la sala, y por una ventana era irrisorio dada la altura en la que estaba ubicado el apartamento. Tal vez mientras salieron a comprar los víveres para la comida. Era mejor comer y tomarse algo, al día siguiente se solucionaría este extraño incidente. Después de todo mientras buscaban y trataban de explicarse lo que había sucedido, había avanzado la noche.

Comieron en unos platos que les prestó una vecina del piso, la cual quedo igualmente contrariada frente a la historia que le contaron, aunque al principio tuvo un poco de escepticismo pensando que tal vez los jóvenes no tuvieran ni siquiera vajilla.

El corte cuidadoso de la carne, la textura del arroz, sorbos del vino en la copa, masticando lentamente, sin afán, un poco de pimienta allí orégano por allá, el halo seco del vino en el paladar un poco de agua para despejar la madera del licor y poder saborear la espesa salsa de la carne horneada, la verdura blanda al vapor se deshacía lentamente quedando solo el queso en la lengua, que se movía paulatinamente para hablar de una cosa y de otra, que una vez… yo también he… no lo creo pero… trae más vino. Las botellas vacías yacían sobre la mesa y una por la mitad se encontraba en la sala, junto dos copas a medio llenar que eran observadas con desgano.

-ya está tarde vamos ha acostarnos –dijo Maria sacando la cabeza de la cobija que los cubría- apenas es Martes y mañana tengo que madrugar… aunque ya solo voy a dormir dos horas.

-Terminemos la botella primero.

-yo ya tome lo suficiente, quiero dormir, además ya estas un poco borracho, ¡como tu no haces nada importante! solo de aquí para allá mirando que te sale –Manuel la miró contrariado poniéndose en pie enseguida.

-¡Por que dices eso! Tal vez mi trabajo no sea como el tuyo de estar sentado frente a un computador, recibiendo llamadas, mandando papeles, y peleando por el metro cuadrado de espacio que me asignan –gritaba agitando ávidamente las manos hacia el cielo mientras María lo miraba distante e irónica- eso fue lo que tu elegiste no yo…

-¿Quién dijo acaso que yo lo elegí? –Cortó María punzante- ¿Qué sabes tú acerca de mí? El hecho que vivas conmigo hace ocho meses no te da derecho a decir nada de eso.

-A ti tampoco mujer, por cual razón entonces me juzgas como lo hiciste hace un momento, solo te preocupas de ti misma ¡idiota! ¡Ególatra!

-¿Cómo puedes decir eso? Yo te he recibido en mi vida como ha nadie lo había hecho y me vienes a decir ¿ególatra? Tu no entiendes absolutamente nada – gritaba Maria parándose de un salto encarando a Manuel con lo ojos inyectados de sangre y lagrimas- ¡Tu no entiendes nada!

-Como quieres que lo entienda sino me dices absolutamente nada acerca de lo que te duele ¿Cómo voy a adivinarlo? Soy pintor no brujo –Maria miró hacia la ventana escuchando el ruido de los carros que de nuevo inundaba el apartamento y el gruñido que se levantaba en la lejanía ¡Gruuuuuuuu! Tuuutuu pipipiii ¡Gruuuuuuuu! Recorrió de un vistazo la habitación y la vio llena de humo. Todas las cosas empezaban a perder sus atributos en el espacio. La planitud, la circularidad, la distancia que las separaba las unas de las otras, vio que Manuel corría hacia pasillo de las habitaciones y ella le siguió. Ella seguía manteniéndose en el espacio mientras las otras cosas empezaban a desaparecer disolviéndose sus formas, trasformándose poco a poco en polvo, desenlazando en la nada.

-Es un incendio –grito Manuel tomándola del brazo e introduciéndola en la habitación principal.

-Entonces tenemos que salir para que entramos, vamonos, vamonoooosssss –increpaba horrorizada Maria mientras halaba a Manuel de un brazo, este a su vez cayendo en cuenta de su error se asomo por la puerta viendo un chubasco de humo negro en todo el pasillo, que no permitía ver hasta la sala donde seguramente se había iniciado el fuego que iba a acabar con ellos- no tenemos salida, ya no podemos regresar –Manuel revisó la habitación con la mirada tratando de encontrar escapatoria, se limpiaba las lagrimas con las manos intentando aclarar lo que veía, no había opción morirían quemados. Observó a Maria asustada y temblando, las lágrimas le brotaban como raudales de lluvia sobre una calle, todo se llenaba de ceniza y de humo. Solo encontró una salida. Abrió la puerta del baño y encerró a Maria allí.

Maria gritaba desesperada que la dejará salir. Él le decía que se metiera en la bañera que la llenará de agua que era su única opción, el prefería que ella quedara viva. Se asomó de nuevo al pasillo extrañándose de no sentir calor ni asfixia, decidió intentar salir o morir en el intento, gritaba por auxilio. De pronto empezó a sentir que sus piernas cedían al peso de su cuerpo, se sacudían como gelatina, y sus órganos empezaban a expandirse hacia la nada, la piel ya sin forma se desbocaba centrífugamente llevando todo su ser hacia abajo, mientras el ruido de la ciudad lo ensordecía totalmente. Maria también escuchaba ese sonido al otro lado de la puerta hasta que desapareció junto con todo al despuntar el alba. Llorando recorrió el apartamento lleno de humo y cenizas, sin ninguno de los objetos que lo ocupaban antes, parecía mas grande y callado, sin muebles, ni fotos, ni platos, ni Manuel solo ella y el rugido de la ciudad. El gigante los había devorado.

martes, 20 de noviembre de 2007

La trampa

Con delicadeza levantó las cartas de la mesa y fijó su mirada en el hombre alto y ancho que se encontraba frente a ella. Tenía la barba hirsuta y desordenada con nudos por doquier; el borde de los labios en el que crecía abundantemente pelo estaba lleno de comida, cerveza, y otros líquidos de imposible determinación, que daba un viso blancuzco y pegajoso a este sector de la cara. Se sonreía siniestramente al mirar con los pequeños ojos color café, la actitud de ella al coger las cartas.

Golpeó impacientemente la mesa, mientras ella observaba las cartas detenidamente. Miró los números, figuras, y pintas que tenía en la mano hizo cuentas y determino cuantas cartas necesitaba. Pidió dos tirando igual numero de cartas sobre la mesa. El repartidor las recogió y rápidamente saco de un dispensador, a su derecha, dos cartas tirándolas frente a ella. Varios curiosos observaban la escena con gran interés, algunos ya habían dado la vuelta alrededor de la mesa observando los juegos que tenia cada jugador en su mano, y comentaban posibles desenlaces a la partida.

La pequeña mujer observaba sus cartas con expresión atónita, como si no supiera para que sirvieran, empezó de nuevo a hacer cuentas y a cambiar de posición las cartas en su mano. Un hombre al lado de ella se estiraba el bigote en las puntas con gran excitación cada vez que la mujer movía las cartas. Se acercó lentamente al oido que se escondia tras el pelo liso y rubio de la palida señora.

- Debería usted dejarlas sobre la mesa, y levantar una punta de la carta, así puede evitar que otros observen su juego y pueda realizarse una trampa- aconsejó amablemente el señor de bigotes a la señora que parecía perder de antemano el juego con su poco adecuada actitud.

Enseguida el barbudo se levanto de la silla haciendo mover la mesa, botando un lingote de oro en el piso. La caída resonó por todo el lugar con un ruido metálico que sostenía una reproducción continua del mismo sonido, hasta finalmente desaparecer. En ese momento se escucho por fin lo que gritaba el hombre.

- Si vuelve a ayudar esa mujer lo mato en ese preciso instante. No voy permitir que se haga trampa en este juego. Cree que no vi que antes estaba detrás de mí intentando mirar las cartas. Yo lo observo todo, en el poker ni Dios me gana. De tal manera que si esta dama ha de ganar usted pagara con su vida por haberme hecho trampa.

El hombre se toco el bigote angustiosamente, apartándose de la mesa poco a poco, el barbudo inclino el vaso de cerveza y de un sorbo concluyo con lo que restaba del liquido, escupió en el piso y pidió que llenaran de nuevo el recipiente. Tomó asiento y observó a la señora que acomodaba sus gigantescas gafas a su pequeña nariz chata y terminada en una pequeña bola de la cual se sostenían.

- Apuesto mi resto que son tres lingotes de oro, y además le sumo este reloj de oro, también este pequeño diamante- dijo la gafufa arrastrando torpemente los lingotes al centro de la mesa y sacando del bolsillo los otros dos objetos mostrándolos al publico y a los otros dos sentados en la mesa. El barbudo abrió ligeramente los ojos apostando el también sus restos. El tallador pidió descubrir las cartas: la dama puso una a una sobre la mesa; primero una K seguida de dos más, además de un par de ases uno de tréboles y el otro de diamantes.

La sonrisa en la cara del hombre desapareció dando lugar a un gesto de estupefacción, miró sus cartas y las tiró hacia un rincón de la habitación junto el vaso de cerveza que se estrelló contra la pared rompiéndose; emitió una serie de sandeces y maldiciones de lo que solo se entendía que se había hecho trampa, repitiéndolo una y otra vez entre las incoherencias que decía. Brincaba de un lado para otro como un loco, jalandose el pelo y golpeando todo lo que le apareciera enfrente. La mujer acomodaba sus ganancias en su parte de la mesa. Alguien ya tomaba el puesto que habia dejado el barbudo poniendo varios lingote de oro y un puñado de diamantes sobre la mesa iniciandose nuevamente el juego. Mientras, el barbudo salía del lugar buscando al hombre de bigote.

lunes, 19 de noviembre de 2007

AUN NO TIENE TITULO, PERO ES LA PRIMERA PARTE

Aun recuerda el día en que decidió robar para sobrevivir, aquel 25 de diciembre cuando asesinó, tan solo por hambre. El mundo lo había arrojado hasta el extremo. Con el dinero del botín compró un traje nuevo, un corte de cabello nuevo, en fin, una nueva identidad para romperle la cara a la pobreza.

Al verse en el espejo oscuro de sus días decidió vivir del amor, recorrió cada esquina buscándolo desesperadamente, cada bar., cada mujer, pero nada.

Tomaba lo que necesitaba del amor de otros cuerpos, de otros corazones, de tal manera que a sus 29 años sentía que tan solo había logrado que otros vivieran del amor que el despertaba. Así parecía que iba terminar su vida hasta aquella noche….

Oculto bajo la gris cortina de humo que arrojaban sus labios en cada bocanada, buscaba la próxima mujer, el próximo amor, creía que ésta era la última oportunidad, de repente en la mesa de en frente, se encontraba la más estructural figura, la más perfecta belleza viviente, humeante, que jamás hubiera visto. Resulta curioso pero aquella noche sintió temor, miedo, un miedo parecido al que sintió cuando mató a aquel desafortunado, no era capaz de sostenerle la mirada, de repente aquellos ojos se empezaron a encontrar bajo el humo del cigarrillo que ambos expelían.

Hizo de tripas, páncreas, intestino, cerebro, un corazón para tan solo ponerse en píe acercarse a ella y si tenía suerte sentarse a su lado.
-hola….

Martillo, yunque y estribo estuvieron al borde del colapso, esa era la voz que quería escuchar en el lecho de muerte. Tenía las palabras, la actitud, pero algo inexplicable le ocurría: no podía pronunciar palabra alguna.

-hhooolaa…….

Sentía que era el hombre más afortunado de lo que conocemos como planeta tierra, porque aquella belleza exagerada de rostro perfecto y pechos deseables estaba con él sentada a su lado y preguntándole:

-¿te gusta el calor?

- En este instante no podría tener más calor, ni siquiera las llamas del infierno alcanzarían a quemarme tan solo un poco.

Por primera vez en toda la noche dejó ver por entre las esquinas de sus labios una sonrisa que pronosticaba la mejor de las suertes para nuestro amigo.

Ella, con la capacidad absorbente que suelen tener las mujeres atractivas empezó a enamorarlo con palabras simples, llenas de contradicciones, pero él hace tiempo que estaba enamorado de ella tan solo que no lo sabía, simplemente porque no la conocía.
Entre sonrisas, los cuerpos de ambos se encontraban cada vez más cerca, cosa que no le incomodaba a ella para nada.

Dejaron de hablar, todos los temas conocidos habían sido agotados, así que ella pidió la cuenta, y él en un acto consumado de estupidez le suplicó que le permitiera su compañía, a lo cual ella con un tono desesperanzado contesto:

-¿hasta donde quieres acompañarme?

-hasta el infierno si es preciso

-¿seguro?

-completamente

-está bien, vamos…

Lo llevó a caminar a las afueras de la ciudad, atravesaron las calles grises y los callejones oscuros, y él sin darse cuenta se encontraba parado en aquella esquina en donde decidió cometer su primer crimen. En aquella esquina ella lo tomó por la nuca, acercando su cabeza a la suya y de un momento a otro, sin más ni más, lo besó.

Aquel beso era como tomar una nube entre los dedos llevarla a la boca y probarla, así que el cerró sus ojos y tan solo celebró en silencio, el fin de su búsqueda interminable del amor, ella lo abrazó fuertemente, él correspondió, y juntos se fueron sumergiendo en el asfalto roto de la esquina. Al cabo de unos pocos minutos él empezó a sentir un calor interminable, insoportable, abrió los ojos pero no consiguió ver nada, tan solo sintió aquellos labios rojos en su oído susurrando: “lo siento, pero tenía que hacerlo”.

La culpa le recorría los huesos, así era cada vez que le entregaba un hombre al diablo, tan solo me faltan 2, pensó, y mi padre será nuevamente libre.

A lo lejos se escuchaban los acordes cansados de de Don Vidal Sorsa, quien había sido condenado a interpretar sin pausa todas las canciones conocidas por la conciencia humana.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Abandono

Bien sabiamos los dos que algún día iba llegar este momento en el que falsamente nos prometimos ser honestos. Pero esto no se trata de reclamos, solo de explicarle, como una reafirmación a mi mismo que hago lo correcto.
Con esta despedida lo único que aseguro es una ausencia, que no es más que una costumbre. Realmente no me despido de usted como persona, mal haría en creer que se trata de eso, perdón de usted.
En verdad de lo que me despido con cierta melancolia es de mi acostumbrado comportamiento ante usted, no me despido de su compañia, sino de mi placer al tenerla cerca y sentirla vulnerable, no me despido de sus besos, ni de sus brazos, ni de su cuerpo, sino más bien del cansancio de tocarla para hacerla creer que me tenía, no me despido de sus palabras, sino del aburrido zumbido que de a pocos comenzaba a ensordecerme.
Pensandolo mejor aunque si me despido de usted lo que realmente sucede no es más que otra bienvenida a mi otro abandonado a su suerte por creer idilicamente que era usted.

martes, 6 de noviembre de 2007

Los ojos son la ventana del alma.

Aun siendo cierto, Darling, que tu ni yo nos podamos conocer alguna vez totalmente, no puedo dejar de pensar (con cierta melancolía) que te conozco lo suficiente para saber que tu no me quieres. Que más da. Ya me importa poco ese asunto, o mejor me importa lo suficiente como para intentar matarte esta noche. Aunque si he de decirte la verdad ahora que miro por la ventana la noche, justo en el borde de tu cama, la encuentro un poco indecisa. Parece que fuera a llover, pero esta suficientemente despejado para no hacerlo. Sin embargo no hay viento que azote las ventanas de tu cuarto. Tú sabes como me determina el clima y mas en estos días de octubre... tan cerca tu cumpleaños. Me encuentro un poco indeciso, no se si pueda ya matarte, la determinación que tenía al trepar por el muro con el cuchillo en el bolsillo, dispuesto a degollarte, desapareció. No solo fue por cruzar la ventana y verte tan placidamente dormida, con tu pelo ondulado sobre la almohada, recogida en las cobijas en posición fetal... gimes entre sueños moviendo los labios en un movimiento espasmódico que linda con el dolor. No sabia que tuvieras sueños tan tristes, tampoco que durmieras tan profundamente y menos que tuvieras perro. Pobrecillo, te juro que no sufrió al cortarle la cabeza de un solo tajo. Darling no te imaginas cuanto te amo, ni como te ves de hermosa mientras duermes. Lo que más me gusta de ti son tus ojos, pero yacen ocultos bajo tus parpados. Se que cuando introduzca el cuchillo en tu cuello vas a abrirlos totalmente, mostrándomelos todos ellos, antes de que expires. No te preocupes me quedare con ellos, te prometo que los cuidare muy bien, ya lo veras, después de todo son tus ojos, perdón quiero decir: mis ojos.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Cinco Minutos

Tres paquetes de cigarrillos había fumado antes de que la enfermera saliera del consultorio llena de sangre.

-¿Esta bien? ¿Esta bien? ¡Oiga señorita! ¡¿Esta Lucía bien?!- se acercó gritando. La enfermera lo detuvo con la mano, y le dijo que por ahí en cinco minutos todo concluiría. Quedo estático, sólo cinco minutos” se dijo, vio su desesperación en el guante ensangrentado frente a su cara, el tic tac del reloj, colgado en la pared de la sala, avanzaba sin tregua; se sentó a esperar.

Cubrió su cara con las manos refregándose los ojos tratando de buscar un poco de descanso. Con los codos apoyados en sus piernas quedo dormido. Solo cinco minutos.

Se encontró en un pasillo oscuro que era iluminado por pequeños haces de luz. Empezó a caminar esperando encontrar la salida, aunque él presentía que era totalmente inútil; las luces se desplegaban a lo largo de todo el pasillo hasta disolverse totalmente en la oscuridad, eran puertas de ascensor que algunas veces se abrían y cerraban acompañadas de un campanazo. Sonaban atrás y delante de él lindando con el ruido. Caminó bastante tiempo, en uno y otro sentido, porque sospecho que tal vez había perdido tiempo caminando hacia el sentido que lo hacia, allí no había izquierda ni derecha, ni arriba ni abajo, solo pasillo. Se devolvió y tampoco encontró nada, entonces se sentó y espero. Una puerta de ascensor se abrió justo enfrente de él, cosa que nunca había pasado desde que estaba en el pasillo . Observó el ascensor iluminado y su reflejo pálido y ojeroso en el espejo: no se reconoció, aunque sus ojos se estuvieran mirando sin duda. Entonces camino hacia algún sentido en la oscuridad del pasillo alejándose de la puerta recién abierta, entonces comenzó a salir un gemido suave del ascensor, que poco a poco colmaba sus oídos, era como el chillido de una gata en celo que se desplegaba por todo el espacio, era el llanto de un bebe que lo llamaba. Entró al ascensor. Oprimió el único botón que había y la puerta se cerró para volver a abrirse inmediatamente.

Salió del ascensor encontrándose con Santiago que lo esperaba sobre la roca del mirador, desde el cual se veía abrirse el valle detrás de la iglesia; se extendía hacia el oriente limitado por las altas montañas que se alzaban firmes hacia los paramos, y en el horizonte cortado por el río Magdalena, el Nevado como un viejo indígena espera acurrucado pacientemente, con sus canas al sol, el fin del mundo. Tenía la pantaloneta amarilla y un esqueleto blanco, su cuerpo era el suyo pero cuando niño. Corrían hacia el pozo por entre los cafetales y los bosques, alejándose de la trocha de los caballos para llegar más rápido. Santiago le tomaba la delantera a la altura de la quebrada del pato. El ruido del río se escuchaba cada tanto más cerca, solo quedaba cruzar el alambre de púas, bajar la colina un poco y lanzarse desde la roca hasta el pozo que quedaba cuando estaba en verano, y el agua se movía lentamente hacia el magdalena. Vio desaparecer a Santiago y escuchó el chapuzón. Llego al borde él también, dudo un poco, y salto. El río se abría como un parpado por la zambullida de Santiago, el cuerpo se le abalanzaba pesadamente hacia delante, el vértigo lo despertó mientras caía en su propio ojo.

Miró el reloj de plástico con una marca farmacéutica en el fondo, solo había pasado un minuto. El segundero color rojo se dejaba caer perezosamente del doce hasta el cinco, y con ese mismo impulso trepaba despreocupado del seis al doce, cada paso era menos espera. Solo cinco minutos. Sintió nauseas. Observó los afiches de planificación y salud familiar, una serie de imágenes se le cruzaban por la cabeza, todas juntas, como una macilla dura y babosa que le venía del estomago a la boca. Se paró y tomó un cigarrillo del bolsillo. Lloviznaba. Gotas pequeñas caían levemente sobre el asfalto. Pensó en Caín matando a Abel con una roca, en el crimen, Dios, la familia, que hacia frío.

Santiago era la más frecuente de esas imágenes. Recordó a su mujer e hijos aparecer un día frente a su puerta, pidiéndole dinero prestado para devolverse al pueblo de la mamá por que de Santiago hace rato no sabía nada, negocios de guerra, vino para escapar de ellos pero lograron encontrarlo, lo mas seguro es que esta muerto... tan joven. Prendió el cigarrillo sin poder contener el humo y tosió seco. Imágenes sangrientas también pasaban por su cabeza, la imagen que logro entrever cuando la enfermera salía del consultorio: Lucía cubierta de sangre y un medico controlando la hemorragia, ella y él sabían el riesgo que estaba corriendo, el tiempo corría igual que su sangre con dos vidas. ¿Qué les había llevado a los dos a tomar esa decisión? ¿Por qué Santiago tuvo dos hijos aunque sus condiciones no fueran las mejores? Recordó como brillaban los ojos de su amigo al decirle que iba a ser padre, la pregunta usual ¿que iba a hacer si no tenía trabajo? No le importaba, nunca lo había hecho, porque sabia que debía tener hijos porque así era la vida, pero para él no. Nunca vio ese brillo en los ojos de Lucía. Tampoco en los propios, solo la ambición de ser otros. De ser mejores de lo que ya eran, pero necesitaban preparación… tiempo. Solo cinco minutos.

Y esa llovizna que le caía en la cara como un escupitajo de San Pedro, esa lluvia que le nublaba la mirada: la ciudad era tan pasajera como la llovizna, solo sangre y críos muertos, con lluvia, río, árboles, valle, amigo, carros, sexo, televisión, mamá…Lucía. “Si los hombres abortaran el aborto sería un mandamiento” decía el graffiti frente a él. Tal vez era cierto, él no estaba sufriendo nada en su cuerpo, solo pagaba, y era criminal por ello, quitaba una vida, arriesgaba otra. Todo somos Caín, todos podemos ser criminales y quitar vidas, si este era un error sería para no traer más sufrimiento, para no hacer del que iba a ser su hijo igual que él, un asesino, igual que su amigo, igual que muchos otros, si su madre lo viera allí lloraría tirada en el suelo. Miró el reloj, ya había pasado el tiempo, cruzaría la puerta y esperaría tal vez cinco minutos más, tal vez ella lo esperaba en la puerta.

martes, 9 de octubre de 2007

...

Voy a convencerte de tu necesidad de mi. Te vas a acostumbrar tanto a no ver tu sombra sino mi sombra, a nunca más pensar en tu soledad, sino en el silencio de mi presencia. Me voy a encargar de acostumbrarte a mi pesado olor para que tu estimado orgullo sea otro de tus palidos reflejos de esta linda historia que nos contamos.
Y cuando ya crea-s tenerte o tenerme, volverme opaco, y matizarme gris para que solo seamos nuestra propia incertidumbre de como nos quisimos contar...