En la quinta parada deje de mirar por la pequeña ventanita que me permitía observarlo todo a toda velocidad. Parques, casas, calles y nombres que de vez en vez hacen que recuerde por donde voy, junto a mí la silla está vacía, debe ser por la espalda grande que me gasto o el olor de días sin bañarme y el sudor de este calor que hace que mi cuerpo ande húmedo. Giró la cabeza por sobre mi hombro y cuento mentalmente cuantos pasajeros quedan aún. El primero va medio sorprendido pegado a la ventana, perplejo de ver corrientes, alicorada y alucinada. No pierde de vista ningún detalle, lleva una maleta grande que de seguro le pesará más cuando tenga que bajarse y la novedad pase por frente a sus ojos y todo se le vuelva costumbre. Un par de sillas atrás se encuentra otro, en una silla doble, que al contrario mío pareciera que esperara con ansiedad, como limpiando con suma delicadeza el asiento desocupado, preparándolo para algún compañero de ruta. A mis espaldas se encuentra una pareja, o bueno eso parecen él va serio pero tranquilo, ella, que le deja caer la mano por sobre la pierna, sonríe y le habla sin parar (en definitiva me gusta el silencio, esa forma tan propia de poder decírselo todo con apenas mirarse o mover los ojos). Paralelo a mí, al costado izquierdo el último pasajero que se toca los dedos y tiene un gesto como de andar pensando en mil cosas a la vez, ni siquiera mira por la ventana, ahora que lo pienso se parece a un gato con los ojos altivos me le quiero acercar a hablarle, pero no tengo tiempo está a punto de pasarse mi parada, este viaje acaba acá.
viernes, 26 de noviembre de 2010
Quinta Parada
domingo, 15 de agosto de 2010
Dedos Atropellados
Dos dedos ¿Cómo va el viaje? Espero aterrizar sobre algo ¿sobre qué podrías aterrizar? Sobre tus labios por ejemplo. Pero vas para los Aires, no vas a cruzar el océano, tal vez yo sea quien aterrice sobre los tuyos a un regreso aún incierto. De ser así podría aterrizar entonces sobre sus ceros y unos, sobre su panza y sus senos, que aún no sé si la estremece que se los aprieten con dulzura con una mano, mientras que con la otra recorro la espalda hasta el coxis siendo cuidadoso de no tocar su culo. Déjame verte otra vez subiéndote la cremallera mientras te vistes.
De nuevo un dedo. Tendría que llevarte por entre mis palabras hasta mis bigotes de leche, dejarte un rato y saludarte como los indígenas de las islas del pacifico que para saludarse respiran el mismo aire acercando tanto sus rostro que podría confundirse con un beso sin contacto, luego de eso verte subir hasta mis ojos estallados, compartiendo contigo mis per-versiones o sub-versiones; al final sólo versiones atípicas, las primeras más sórdidas, oscuras, difusas, las últimas como pretensiones destructivas de paradigmas, del Status Quo. Siempre he creído que todos tenemos versiones que son los recuerdos de los procesos neuronales del momento como percibimos la realidad y la interpretamos, una impresión imborrable, finalmente es sólo como recordamos o como queremos recordarnos tratando de inmortalizarnos.
Ahora los 20 completos. No es eso, quisiera poder compartir mi silencio, lo que ven mis ojos, y como poco a poco las pequeñas cosas que a la llegada parecen magia, se vuelven cotidianas, el mar de gente caminando de estación en estación. Ayer una mujer me dijo que la vida debería ser como en las películas y poder montarse en un avión sólo por un beso. A donde viajarías, ¿volverías a casa o a qué lugar irías? Tal vez donde los atardeceres son rojos, color naranja. Imagina lo lento que podría tocar palmo a palmo tu espalda, lo lento en llegar hasta tu coxis. Sería bastante bueno poder sentir cada uno de tus dedos.
jueves, 5 de agosto de 2010
Cerdos por la Nubes
Rumbo Cementerio Recoleta. Ruta Avenida Libertador. Helado tres sabores. Promoción de tres atados de incienso por sólo 10 pesos. Olor ámbar. Quilmes. Un perro que parece un oso. Unos culos fríos y unos vestidos bellísimos y las bombillas y el mate de todos los colores y tamaños posibles. De pronto un cerdo con forma de nube, o más bien una nube con forma de cerdo y viceversa, como un lechoncito al que sólo le falta la manzana en la boca. Mi boca, tu boca, tu lengua, me encanta tu lengua, te la mordería si no estuviésemos en medio de la iglesia y con un cura confesando a una infiel que hace tiempos no se masturba y no tiene sexo. Uno debería aprender a desconfiar de las mujeres que sin sexo no se mas-turban, esas mujeres me per-turban. Y el cura sigue manda 10 padre nuestros, 2 ave marías y una carta al Gauchito Gil.
El Gil al otro lado de los Aires, cerca de donde apenas si se duerme, en el 1333, 13 C. C, si lo sé. Aquí también se ven las nubes con forma de cerdo, aquí también se ven las bocas y los culos ya no tan fríos. Los artesanos al otro lado, sólo uno encerrado en el cuarto de al lado, la puerta que no abre las hojas que se caen, un golpe en la cara de un chico con gafas, unas pupilas dilatadas que creen estar en todo lado, un polo a tierra. Aceitunas. Pan y Lentejas en Agua. Se acaba la luz, se muerden las lenguas, se reactiva el tiempo y por fin me da la espalda, espero que sea para mostrarla.
domingo, 1 de agosto de 2010
recordatorios
lunes, 19 de julio de 2010
En Construccion
En esta ciudad de zombis todos los habitantes descansan en 95 hectáreas destinadas sólo para ellos, una parcela bellísima con cámaras y re-cámaras hacia arriba y hacia abajo, hacia arriba cielo azul, loros color verde y morado que espantan a las palomas en medio de gritos seudo-zombis, hacia abajo un olor que apenas si fluye, como estancado; hacia arriba una ciudad que me espera, hacia abajo la ciudad en la que habito; hacia arriba de donde se viene, hacia abajo para donde se va.
Los zombis más recatados llegan atravesando la avenida Guzmán, otros que por entre Warnes y Jorge Newbery saltan las tapias altísimas porque viven en el sur y los otros, los últimos los que vienen a morir de afuera que llegan en los trenes de San Martín y copan las estaciones y los rieles con sus restos llenos de sudores fétidos y carne podrida.
Ya al atravesar las columnas todo cambia, la parcela bellísima se encuentra tan bien organizada que es lo que en verdad asusta, la ciudad dentro de la ciudad ya no tiene nombres, sino que de nuevo se usan los números como seña, como indicio de guianza. La industria duerme y las chimeneas del crematorio recuerdan la época en la que se incineraban a los zombis, quisiera arder así de vez en vez, como en las piras antiguas en medio de tablones. Temperatura promedio de 760 a 1150 °C, lo suficientemente caliente para quemarlo todo, dependiendo de la altura.
Los habitantes zombis también tienen sus perros, que son más bien loros pero que no repiten nada que se pueda escuchar. Los más importantes viven en el centro, en el subsuelo de Maurits por entre los números subiendo y bajando escalones en todas las direcciones imaginables, y en las inimaginables también que es de lo más cómodo, sólo no hay que respirar, debes contener el aire para saberte vivo.
Los más acomodados descansan en mausoleos que rememoran edificaciones antiquísimas romanas, góticas y neoclásicas que cuentan con uno, dos y hasta tres sub-pisos. Hay otros que prefieren algo más campestre y viven en medio de jardines, pero en las jornadas de invierno prenden las chimeneas del crematorio, ya solamente para calentarse un poco y sobre llevar la ola polar que llega una vez cada año a la ciudad.
Tienen un santo que los cuida, y al que en el parque contiguo, el de los andes le colocaron un altar en medio de banderas rojas y cartas con letras casi ilegibles, casi analfabetas, ya que en definitiva para creer en algo no se necesita un titulo que lo convalide. Su nombre de pila Antonio Mamerto Gil Núñez, el de profesión Gauchito Gil. Un campesino por allá del siglo XIX sobre el cual se dicen tantas cosas que no importa cuál de ellas sean ciertas. Sólo que fue asesinado justo bajo un árbol de Algarrobo, que tampoco se aclara si fue europeo, loco o criollo, o mejor Cercis o Guapinol, se sabe que fue un árbol para colgarlo del pie, y no para estacionarse como un globo.
Al Gauchito, todos los llevan en alguna parte del cuerpo, como estampitas pegadas, para encomendarse a él en el momento en el que salen de su ciudad, a las ruinas de la antigua capital federal, que luego de una ola polar prolongada quedo como congelada en el tiempo, con calles completamente vacías, mercados chinos desolados y uno que otro pibe chutando una pelota contra el pavimento.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Sin Pisar las Rayas
sábado, 26 de diciembre de 2009
Trufas a la Frambuesa
- Caliente la pulpa de frambuesa con el azúcar, mientras que sin besarla le recorre todos los labios calentandolos con su respiración; añada la crema de leche y la glucosa dejandola hervir, mientras que sus manos comienzan a acercarla a su cuerpo tomandola por la espalda.
- Aparte, descienda con una mano lentamente hasta sus caderas tocandola como por descuido en la mitad de su sexo, mientras que con la otra coloca en un recipiente la cobertura de leche picada muy pequeña y vierte la mezcla de frambuesa sobre ésta.
- Incorpore la mantequilla (al clima, de su piel que de seguro hará que resbale mucho más fácil) y bata manualmente hasta que la mezcla esté sedosa.
- Rellene una manga pastelera con esta mezcla y refrigérela durante 15 minutos, mientras que espera empiece a desnudarla de rodillas delicadamente comenzando por la parte de abajo.
- Retire de la nevera y con la ayuda de la manga forme bolitas, a la par que que se levanta y se ubica justo detras de su culo; coloque sus manos firmes sobre el mesón rodeando sus caderas, mientras que ella coloca las bolitas sobre un plato forrado con plástico adherente.
- Introduzca en cada bolita un frambuesa y a la par de cada frambuesa penetrela no tan profundo, permitiendo apenas que se estremezca; enharinese las manos y termine de darles forma, también lo puede hacer con sus tetas.
- Llévelas al congelador hasta que endurezcan y mientras tanto follesela tantas veces como pueda mientras lo tenga duro.
Para Cubrir:
- Aparte, derrita la cobertura de chocolate al baño de Maria (usted personalmente puede nombrar el baño como bien le venga en gana) e introduzca cada trufa en ella, buscando bañarlas como lo podría hacer con su nombre.
- Luego de esto saquela para que se solidifique y lleve a la nevera, entre tanto descance un momento y repita la receta.
- Cuantas veces les apetezca

miércoles, 21 de octubre de 2009
Funcionario francés
miércoles, 14 de octubre de 2009
El Plato de la Otra Mesa
Las entradas que preparan nuestro paladar para el festín, en muchos casos se nos antojan deliciosas, tanto así que solemos empalagarnos golosamente – pienso que en la mayoría de ocasiones deberíamos quedarnos solo con las entradas – hasta rebozar nuestras panzas, para luego aún así, asumir una cobardía ante la lógica que nos impide levantarnos de la mesa y pasar por descorteces, y no nos deja otra opción como comensales más que creer a pie juntillas que nuestro plato fuerte es la mejor elección.
La conversación, que por momentos se vuelve monótona se encarga de aderezar la espera del plato. Si la conversación resulta lo suficientemente comprometedora dará la apariencia de haber superado la posible pesadez ocasionada por las entradas y preparará las panzas para tragar sus propias elecciones, que aún inocentes pueden no prever la falta de saciedad que buscan sin saberlo.
Es importante en este punto aclarar que el tipo de comensales, define a su vez el tipo de restaurante y por tanto el rito en el que se convierte comer; entre más refinado y gourmet se pretenda, tanto o más así será el rito. Si por ejemplo encontramos una suerte de babero enrollado sobre el plato que anticipadamente anuncia un posible desastre, no es de extrañarse que no solo veamos los cubiertos con los que usualmente comemos, sino que habrá toda una suerte de artilugios que pretenden facilitar la ingesta, pero que al contrario de su naturaleza pueden tornase en grandes complicaciones, para un comensal desprevenido. Comer en esta forma se convierte en un rito que permite ser observado desde la de-gradación. Es bueno tener en cuenta que no siempre lo refinado y gourmet es lo que llena. Lo que en realidad nos llena es lo que provoca el desborde de la pasión por la comida, que dependiendo del comensal, puede ser observado como un pecado capital, la gula.
Cuando, luego de haber esperado y haber querido levantarnos más de una vez de la mesa, llega por fin el plato fuerte, que de acuerdo con la experticia del chef, vendrá adornado de una forma tan elegante, que por momentos no somos capaces ni de tocar. Hasta ese momento la comida ha superado, sin mayores tropiezos su lógica impuesta. Pero es justo en ese instante, cuando desprevenidamente y con la sensación de familiaridad que genera el haber hablado durante un buen tiempo en presencia del comensal de la otra mesa, que nuestros ojos comienzan a descubrir una verdad. Y es que el comensal, el de la otra mesa, ha elegido un plato fuerte que se nos antoja mucho más provocativo que el nuestro.
Comienza de esta forma un juego, que nunca se imagina el rito, donde cada mirada al otro plato, a la otra elección, nos golpea de frente cuando comemos bocado a bocado la nuestra. Esta situación hace que la conversación que acompaña la comida se torne tediosa y en muchos casos los silencios se prolongan, cuando el comensal antojado, solo se concentra en el otro plato tratando de entender por qué esa y no la suya, le resulta una mejor elección. Sopesa, el tipo, el tamaño y el color, y a simple vista podrían ser lo mismo, pero cuando con más detenimiento se fija en los acompañamientos del sabor, descubre, por ejemplo, que son calamares, ese sabor que enloquece su paladar – al igual podría pasar hasta con el pollo – y que ya hace tiempo no lo prueba y quiere recordar.
En un principio trata de entenderlo como un simple antojo, algo pasajero, pero en el momento en el que observa el labio inferior del otro comensal, el de la otra mesa, relamiéndose con un gusto exaltado, tan de puta madre; el antojo se convierte en una pretensión de tenerlo todo en su boca, llenando cada uno de los pequeños poros de su lengua y por momentos haciendo que pierda hasta la razón. Es como si por ejemplo cada mirada sobre la otra mesa fuera una caricia sobre su espalda, y cada bocado un beso.
Estando así, vuelve como en un aterrizaje forzoso sobre su plato, y apenas si lo prueba, obedeciendo a la misma lógica que minutos antes, no le permitió levantarse de la mesa, lo prueba como con desgano, teniendo la certeza que no llenará su panza – para ese momento ya es consciente de porque se encuentra allí – pero aún así seguirá probándolo, sin querer comerlo, y es en ese momento que pensará sobre la bebida.
Es la bebida una parte importante del rito, en ella se demuestra cual es la forma para tragar las cosas. Si de nuevo volvemos sobre el babero, ya no enrollado encima del plato, sino puesto sobre nuestras piernas, no es de sorprenderse por ver un par de copas que más o menos tengan las siguiente características: un diámetro de más de 6 cm, para que la nariz quepa en la copa al beber el vino (siempre se quiere tener metida la nariz donde no se nos ha pedido); dos, un delgado espesor, que pueda dar a los labios la sensación de saborear mejor (eso puede funcionar de perfecta forma cuando los labios no son lo suficientemente buenos por si solos); tres, la copa debe tener el borde ligeramente doblado hacia adentro, de manera que el olor se mantenga (los olores siempre son importantes, aunque hay unos que percibimos de mejor forma que otros); cuatro, la copa debe ser completamente transparente y con pie para apreciar bien el color (en definitiva el vino es una bebida que se pretende completamente honesta); cinco, la base debe tener un diámetro suficiente para que la copa tenga buena estabilidad (aquellos comensales que prefieren el vino indefectiblemente, prefieren la estabilidad); seis, la copa debe tener un pie suficiente como para poder sujetarla sin calentarla con la mano (es impropio buscar calentar); siete, la copa ideal debe tener una capacidad mínima de 150 cc. (Siempre es necesario garantizar un mínimo de deleite, aunque en muchas ocasiones, se pretenda garantizar también un máximo); y ocho, cuando sirva dos vinos al mismo tiempo, coloque la copa más grande para el vino tinto, y la chica para el blanco (es una buena aclaración para los gustos del comensal). Si vemos esa copa, o alguna que guarde bastantes similitudes, hemos de afirmar que el rito se encuentra en su mayor grado de refinamiento y por tanto, no es prudente de parte de ningún comensal tener algún tipo de incidente, ni siquiera con las sobras.
Luego de esta reflexión el comensal antojado, no tiene otra opción más que meter su nariz en una copa inmensa, buscando saborear una bebida honesta. Un sorbo, otro más, pero no otro, el vino como bebida en exceso no es bien visto. Y en ese pensamiento gira su cabeza hacia la otra mesa y apenas si descubre una cerveza nacional fría. Algo mucho más sencillo, que permite el deleite en sorbos más largos sin necesidad de meter narices, o atrapar sabores. De hecho en ocasiones la cerveza permite la decencia de eructar si, así se quiere.
Comprobando esa situación, en un intento más, vuelve sobre su plato y su vino. De hecho hasta intenta retomar la amena conversación que por momentos tuvo en el principio con su compañero de mesa. El comensal compañero, que tal vez ni se ha percatado de ello, ya casi ha acabado con todo el plato fuerte y en un gesto de preocupación, pregunta si a caso no le ha gustado su elección, a lo que el comensal antojado, tiene que responder diciéndoselo más a él mismo – como una forma de afirmar lo que no quiere –, que al comensal compañero, que claro que le ha gustado, solo que al parecer no tiene tanta hambre. En estos casos, la parte final del rito puede tener dos finales. En uno el comensal compañero, convence al comensal antojado de la pertinencia de un postre para llevar a cabo de forma tradicional el cierre de la comida, y el comensal antojado, intenta como último recurso comprobar la efectividad de sus elecciones arriesgándose a escoger un postre, entre otras también para saber si llena su panza. En el segundo caso, el comensal compañero toma la misma decisión, pero en un segundo de lucidez, el comensal antojado dice que no, como una comprobación justamente de lo poco atinada que resultan sus elecciones en ese rito. En caso tal que la situación sea la primera es conveniente saber lo que sigue:
Los postres son un elemento muy importante al momento de acabar con la comida. En su elección acertada existe la posibilidad de repetir el encuentro. Esta situación sólo se puede repensar para ser reemplazada, cuando se tiene la suficiente decencia como para ser capaz de relamer – en caso de helados – o repelar – en caso de brownies – hasta con sus dedos la última pizca de placer que aún está sobre el plato esperando, en dicho caso, no habría necesidad tan siquiera de que el comensal compañero propusiera la elección del postre.
Ya en este punto solo queda por determinar la forma de pago de los comensales. A este respecto hemos decir que existen un sinfín de posibilidades, pero aquí hemos tan solo de enumerar las tres más importantes: la primera, el comensal compañero ha logrado percatarse finalmente de lo poco lleno que resultó el comensal antojado, y como una forma de expiar sus culpas decide pagar toda la cuenta, ya que finalmente él si disfruto la comida; la segunda, el comensal antojado, como una forma de hacer valer sus elecciones decide intempestivamente pagar la cuenta, como un gesto de complacencia por la animada visita y una forma de negar el plato de la otra mesa; y la tercera, donde cada quien paga lo que eligió (y no necesariamente comió), lo que muy comúnmente se conoce como la forma americana – es bueno decir en este punto, que de las tres posibilidades aquí planteadas, esta tercera es la menos nociva que existe – lo cual genera un espacio de independencia y deja abierta casi todas las posibilidades futuras.
Teniendo este panorama el comensal compañero, en el mismo tono que llevó a cabo toda la conversación, se adelanta a pagar rápidamente, como una forma de expiar sus culpas, sin tan siquiera sospechar que al contrario de su intención, el comensal antojado, ha agregado un elemento más a su factura, su propia elección, la de él, y la más costosa de todas, la de preferir comer del plato de la otra mesa.
domingo, 20 de septiembre de 2009
Aún sin Hacer Nada
Aún sin hacer nada, de la piel me brotan los poemas aun cuando casi nunca terminan siendo, el modo de significar la infancia, dejarlo escapar en automático. Al intentar hacer pequeños recuentos de lo que va sucediendo me hallo cercado ante el asombro y una forma vaga de cobardía me obliga a seguir escribiendo. No me es fácil, si hubiera en la mente un manantial donde acercarse y beber, una fuente para calmar esta picante sed de vivir. Contar algunas cosas, con el solo objetivo de divertirse viéndolas desfilar en los pensamientos ansiosas por volverse palabra.
Batería 1
Hace unos días finalmente llegó la noche del sábado, aquél era el primero de los días de agosto, fecha escogida por el colectivo Anomia para parirse, brotar su cabeza a este mundo absurdo y superpoblado. Varios de ellos pasaron su juventud tras los muros del colegio de curas, maldita fantasía, al salir se terciaron los instrumentos y desde entonces los han puesto a sonar, unas veces con mayor éxito que otras. Para este memorable sábado Anomia se botó con tres bandas, del rock alternativo al punk rocanroler. Es una buena sensación, cuando al fin la semana termina y el cuerpo suda con licor trasnochado que quiere salir, la sequedad de la garganta se ve medrada con el cebado sabor y en el pesado crepitar de las guitarras se van las ideas navegando hacia un universo todo metalizado, todo roto, lleno de corriente. Si el pié se fuera entre el pedal e inevitablemente el músico se hiciera sonido [ ] como esa serpiente que al morder su cola se pierde en el encanto para dar origen a la vida. Con paciencia de caracol aquellos buenos amigos míos salen a la vida sin olvidar todas las estupideces cometidas, orgullosos de haberlas hecho, llenan su garganta con los gritos de otros en el mundo, otros como yo que me dejo enredar en la maraña de sus notas.
LaSangre era el nombre de una de las bandas presentadas por Anomia, es un dúo liderado (si es que se puede decir eso de un dúo) por Diego, en las primeras canciones sostuvo con inmensa propiedad una guitarra eléctrica amarillo pálido con blanco, en cierto momento rotaron los instrumentos y diego se sentó en la batería. Lo conocí cuando ambos éramos todavía muy niños, en ese entonces él era extraordinariamente crecido, usaba gafas redondas con bordes dorados. Te acuerdas de esas conversaciones ¿ . ? hablaba de la madurez, le gustaba ese tema; pero no le gustaba más que dibujar, esa si era su mayor bendición, trabajaba largamente en manos con posiciones algo difíciles pero armónicas. Recuerdo con exactitud un medio día en el que juntos escuchamos Andrés Calamaro, la canción siempre me recuerda aquella escena infantil hoy recalco que estaba en compañía suya. Cogió entre sus dedos las baquetas y actuaba con soberanía en el instrumento, cada movimiento de sus brazos parecía una orden automática que la batería atendía afanosamente, cluhsf! Clushf! cluhsf! cluhsf! Fuimos buenos amigos pero nos separamos con rapidez, era muy bueno con el inglés, alguna vez intercambiamos un examen y la respuestas que copio de mí estaban erradas, eso también lo resuerdo con claridad, le dije que rápido en inglés se decía rapid, y con bastante razón pues un almacén fotográfico del centro llevaba como nombre FotoRapid; muchos de mis errores se deben a la poca habilidad (o debiera decir: preparación) para improvisar, pero aquél fue por ignorancia legítima, como aun me pasa con el inglés.
Mi madre atendía un almacén de pinturas vecino al barrio de Diego, un día vino él y según ella, llevó unos colores por demás anómalos; fue lo último que supe. De vez en cuando me contaban lejanos cuentos sobre su vida, hasta lo encontré en varias ocasiones. Sigue siendo que aun no nos hablamos con Diego, van muchos años en que no veo la tierna sonrisa que sabía escapársele al rostro fruncido de hoy, las grandes patillas y todo el arte todo ese que le cabe en apenas la piel. Cuando en caudal el sonido enciende, LaSangre hace latir este tímido cuerpo.
Batería2
I feel so lonely! So lonely!…So lonely!…So lonely!
Una primera persona tiene una idea y a una segunda la comenta, con el fin de no afectar a terceras personas, la idea permanece en el estrecho círculo de las segundas personas, tú cuando buen clima, Usted cuando el frío. Hay alguien que es siempre Tu, todos vienen y en sus jardines pueden reposar. Hubo un tiempo en el que me encontré lejos, así como se lee: justo al encontrarme estaba lejos y ahora que estoy cerca ya no me encuentro, o me encuentro como en un juego de escondidas entre dos hermanos que saben ya el itinerario de escondites posibles, y sin embargo juegan. Por esos días de la lejanía, Tu pudo acercarse tanto a sus segundas personas que estas terminaron estando a 1.8, y a veces hasta a 1.5 de Tu en su primera persona, cerca, cerca, cerquita. LaNocheDeLosPostres nació de un tráfico de dulce y licor, golpes de tambor y cálida amistad en su fogata. Cuando estuve de nuevo recibí una invitación un tanto unilateral, no me lo había preguntado seriamente pero todos estos años he deseado cantar y fue bello coincidir en esta complicidad.
De nuevo estamos cerca y parado en la nostalgia de otros, nublo de mocos recuerdos ajenos y lloro. Me da pesar. Tu siempre aparece en cualquier historia, estamos a 1.2 o 1.3 (asombrosamente) Todos quienes algo han hecho por este pan chiquito y mordisquiado que es la cultura bogotana, comparten algo. Ni el tipo de sangre, ni el pelo, ni los amigos, ni los enemigos; todos hacen parte de un parche en el que no estoy, Tu está siempre, aunque no le interese, estoy aunque desbocado, y flaco, con unos recuerdos que parecen de una isla distinta de esta, extinta. En el barrido de los ciento ochenta grados de la mirada, están todos reunidos en grupitos calentándose, haciéndose el amor, incitándose, mientras los miro desde los bordes de esta casa en obra gris, cada vez más negra. Voy a hacerlo, salgo todos los días y lo que hago es marcar más distancia. Esta inercia endemoniada acerca lo que quiero volviendo profundo abismo las grandes lejanías. Tu no tolera a nadie, los seres de 2 en adelante la tiene perdida, no hay caso, siempre lo haremos menos bien. A Tu lo hace sentir muy culpable esa situación. Sin embargo no hay cómo controlarla. Cuando al unísono gritamos se da el bello olvido de quien se hunde, hasta tres kilómetros con quince millas para resucitar. Estaré lo suficientemente vivo como para morir. Tu me grita. Tu con gafas oscuras en una playa, leyendo literatura en castellano, Tu despertando siempre antes abandonándome en el insomnio. Tu Tu Tu Tu Tu Tu Tu Tu Tu Tu Tu, como un hijueputa teléfono ocupado. Vaya mierda decirlo. Hay días en los que Tu bebe licor y otros en los que no, aunque casi todos los días desee ardientemente hacerlo. Anoche fuimos juntos, me esperó algunas horas y hasta me llamó, como no se decir mentiras de buseta di mi ubicación exacta, se mostró molesta. Al llegar todos parecían víctimas de mi tardanza y con sequedad saludaron. Tendré disponible una buena cara reza la séptima ley samurái del código que estoy escribiendo, luego noté que ese apartamento era en realidad un pequeña Venecia por cuyos pasadizos corría el licor, lento; en toda la noche no dejó de pasarme, ni siquiera cuando una y otra vez recaían las veloces síncopas del reguetón entre las paredes del lugar.
Pasaron varias horas antes de que la batería comenzara a sonar. Diego, absolutamente alejado y distinto del Diego de hace un rato, pero también en esta historia y tocando una batería, tardó en calmar su borrachera con los golpes que acompasadamente pegaba contra los tarros y platos de la batería. Canté en medio de la ceguera, sin tener los sentidos muy sedados el ambiente estaba regido por una luminosa falta de visión, que a todos aislaba pero mantenía a salvo. En medio de todos esos rostros que no querían saber quién detrás de los bafles, echaba alaridos discordantes gesticulando con poco interés, haciendo música fea, despreocupadamente. Tu derribado por el cansancio y los tragos; en consecuencia también yo; en contradicción astuto_deslizándome bajo la puerta_serpiente_tocar con cuerpo entero_ese milimétrico pozo que sobre el pecho suyo se posa.
Batería3
He conocido Tantas personas. Tantas tantas tantas tantas Tantástico. (jeje)
Desde mi cabeza proyectar un mapa vivo que ligara en cartografía a la gente de mi espectro. Ana tiene los ojos verdes, ‘como para tenerlos aquí’ dijo alguien una vez, o para verlos cansados como me gusta. Los ojos de Ana han visto los ojos de otras Tantas gentes, que a su vez han visto y se han dejado ver aunque los acose a veces la ceguera. Una vez vi unos niños en televisión, una novela, luego un programa sobre los niños de moda. Luego ví a uno de esos niños en la universidad, luego vi al otro. Pero una cosa no pasó enseguida de la otra. Primero me enamoré de una mujer crespa como esponja y blanca, y nueva como yo. Cierta noche coincidí con un grupo de gente todos con edades similares a la mía, ropas parecidas y pasión por la marihuana (esto último lo vine a descubrir después). En ese grupo de gente estaba ella acompañada por uno de los niños de tv. Me alejé rápidamente y los ríos siguieron su curso. Me alejé de ella porque la quería solo para mí y ella no, sin embargo en una inusitada trenza del destino (así debería llamarse esto), por intermedio suyo conocí a alguien a quien una vez le vino una prima segunda o tercera de Europa, motivo que reunió a tíos primeros y segundos, una abuela, y varios primos todos de baja estatura. Entre ellos estaba el segundo muchachito. Sabía fumar y manejar al mimo tiempo, o una cosa después de la otra, se dedicaba a la música, al cabo un tipo de excelente talante.
Años después viajé al sur y dada cierta ocasión tuve que ir a la casa de este segundo muchachito en busca de un desconocido encargo que bien había hecho en traerme. Su habitación quedaría en un segundo o tercer piso. Después de la puerta un corto pasillo que llevaba a una sala que empezaba con varias entradas, a la cocina y a otros cuartos. En medio de las puertas descubrí con asombro que al igual que todas las entradas, éstas hacían bien el papel de salidas. Al abrirse una de las puertas salió enredada en una toalla uno de los seres más bellos que he visto, sin exagerar. Las alas grandes tatuadas a su espalda parecían tener un brillo propio, quizá por el halo del baño o por la increíble simpleza de la situación en la que no hallábamos, pero sentí su azul mirada quemándome, sin fijarse siquiera, como me pasado luego con otras cantantes; sus alas se la llevaron. Volví a casa, él y ella se quedaron. Otra vez vino él a mi lugar, fue grato descubrir el licor derritiendo los hielos inútiles, permitiendo una conversación que en pocas horas me dejó un feliz desconcierto.
El primer muchachito vino a la universidad en la misma época que yo, solía poner obras suyas en muros, de vez en cuando lo veía. Alguna vez supe que vivía en casa de un grupo de artistas, esa casa la conocía de antes, compartía un proyecto con alguno de ellos. Durante la época escolar hice pocas amigas, pero buenas. Un día se me ocurrió pedirle a una de ellas un beso usando la forma más grotesca que conocía para hacerlo, de aquella temible experiencia la llamé durante algún tiempo ‘campanita’ en recuerdo de su epiglotis. Con campanita hicimos un lazo que hasta hoy no se quiebra, por trampas de la vida campanita terminó sonando en la casa de la que hablaba hace un rato, para ser más precisos detrás de la puerta de habitación de este primer muchachito. Hace pocos meses y en méritos de grata nobleza por haberles sacado el culo antes, vinieron a casa de mi novia, una noche calmamos largas horas de despiadado frío y escases de yerba metiéndonos entre la colorida tubería de un parque. Qué bien la pasamos, aunque tenga esta puta y recúrrete pelea con el disfrute holgazán del artista mimado, su trabajo me sorprendía.
Varios meses pasaron sin campanita y quien viajaba con ella, antes y después primer muchachito, cuyo hermano hizo con su banda una gira local hace pocos días, en parte por la ‘familiaridad’ y parte por pasión pura, aquella epiglotis reverberó incansablemente en todas las jornadas de concierto, sobre todo cuando en uno de los videoclip un ciclista lleva un manojo de globos y en la inercia se deja elevar con tal felicidad que no se nos ocurrió más cosa que aplaudir. Una campana_un pardealas_un bombo_un platillo_ unas baquetas; las baquetas de la batería que encontré hoy sorpresivamente en un centro comercial en el paseo familiar, se encontraba en mitad de una gran plaza de eventos, callada, a solas. Botas rojas femeninas/rodaban por la tarima. Todo parecía en su puesto, miré sin ningún pretexto. Qué tan duro sonaría prendida esa batería. Mario! [ ] Apareció el segundo muchacho, saludándome alegremente; después una campanita que se movía para decir mi nombre, besarme las mejillas, conocer a mi madre e irse de nuevo. Evité demorar los saludos, subí y los observé obsesivamente hasta que se fueron. La chica de las alas nunca me ha visto, aun si me la cruzara todos los días en el bus, la casa y el trabajo jamás me vería; me gusta verle los senos al cantar, cuando se voltea miro su espalda y sus alas volar. A campanita le aprieto fuerte en el abrazo, dejo que se vaya con su primer muchachito a donde quiera, será feliz, aunque llore. Al segundo muchachito le deseo la buena con todo mi corazón.
Que nos estamos hablando. Aún sin hacer nada.
Mario
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