martes, 28 de agosto de 2007

Una Hada

Las hadas existen, eso es innegable, las encuentras en cualquier sitio, adonde te diriges siempre te acompaña una, cuando te cansas mueven sus alas para dar un halito a sus fuerzas, cuando duermen te protegen de las sombras reambulantes en la noche. Ellas además se encargan de escucharte y te susurran palabras de cristal para seguir construyendo tu propia verdad, porque si ellas tienen una sola regla es precisamente es: la de zurcir mentiras para hacer realidades, y por alguna razón la violan, se vuelven aún mucho más especiales como lo sos vos, como todo lo que invades con esa espesa mirada de tristeza, como cada una de tus letras de áspera belleza.

Yo soy un hombre favorecido, uno de esos pocos hombres que se pueden dar el gusto de saber que un hada necesita por instantes de él, un hombre que no quedo ciego leyendo un circunloquio, pero no de palabras ociosas sino de palabras cansadas por un tirano que te envenena el corazón con miedo y expide obituarios de amor por el cielo, un hombre que prefiere callar y tomar su calepino de sol y fuego para urdir con su índice dedo mojado de brillo de luna, tratados o pactos de amor, soy solamente uno de esos hombres.

Desde tiempos inmemorables las hadas han concedido deseos al hombre, por eso te pido: una cuadriga de tus primos los ángeles para pasear por plenilunios, acompañado de tu presencia, te pido un calavernario para guardar mis sentimientos y regalártelos, te pido un vaso salobre de la vida del océano que habita en los ojos de mi ángel con alas guardadas y aroma a vainilla, pero lo que más te pido es que no me olvides cuando te sientas sola.

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