Marcos sacudió su cabeza por el sueño y un terrible hedor a desastre y heces impregnaron sus fosas nasales, como si estuviera totalmente contaminado por una plaga antiquísima, de la cual había sido victima toda la humanidad; intentó rápidamente sacarse toda esa malignidad, usando sus manos como escobas barrió su menudo cuerpo, imitando la delicadeza de su madre cuando todas las mañanas se levantaba y limpiaba el zaguán, todo esto quizás por los pecados cometidos, quizás por el simple hecho de ser un humano susceptible a la precariedad, o quizás por la misma condena de toda la humanidad. Llevaba casi diez años soñando con el mismo río contaminado, donde caía y se ahogaba entre excrementos de animales y humanos, entre fluidos corporales de mujeres mensuales, entre la embriaguez de los hombres nocturnos que envueltos en humos expiaban sus penas dejándolas ir río abajo a que se mezclaran con el lavado de las ropas sucias y todos los sudores de pelaos que brincaban a las aguas como peces; cuando por fin lograba salir del río apretaba fuertemente las piernas de su hermano, pero éste al verlo tan indefenso y casi muerto se esfumaba, y otra vez estaba Marcos en el río de podredumbre intentando liberarse de la angustia de sentirse perdido por una vida llena de dolores y sacrificios. Marcos encontraba una rama de árbol con la cual por fin lograba salir del río. Y cuando pisaba tierra firme, el sonido del río ya no existía, se encontraba en un bosque hermoso donde un gran árbol le limitaba la vista con la espesura de sus hojas, se veía convertido en un hombrecito diminuto al cual desde la cumbre del árbol un viejo búho le decía “apresúrate que vienen los lobos con caras de hombres hambrientos” y Marcos no entendía hasta que veía venir una estampida de hombres lobo detrás de él, que con los ojos flamígeros le quemaban el trasero, que con sus garras rasgaban el aire y provocaban el silencio sepulcral de la muerte en cada uno de sus pasos. Marcos comenzaba a correr sin detenerse, desesperado, solitario, por parajes oscuros, atravesando trochas, sintiendo que en cada paso el pasto y las ramas le castigaban las piernas e intentaban detenerlo para que pudiera escuchar como los hombres lobo se acercaban cada vez más a su humanidad, y pisaban cada uno de sus pasos queriendo borrarlos, hasta que por fin llegaba a una colina inmensa donde un infinito mar le saludaba, y Marcos al ver a los lobos tan cerca siempre levantaba los brazos y se tiraba al infinito, provocándole tal sensación de libertad y de desasosiego que le hacían feliz por un momento, hasta que la crudeza de la realidad falsa donde nos envolvemos hasta tal punto, lo obligaba a despertar.
Esa mañana a diferencia de muchas otras, Marcos se levantó afligido, se sentó sobre la cama y aun rodeado de las sabanas recordó el mismo sueño de siempre, la misma tristeza, la misma incertidumbre, pero ya no ni en la misma casa, ni con la misma mujer, amaneció sediento y se dirigió a la cocina para beber algo, lo único que encontró fue un jugo de guayaba, abrió su tráquea en busca de la satisfacción, pero ese sabor le recordó la dolorosa tarde en que antes del desastre su madre, en la Costa, le ofreció un vaso de jugo de la misma fruta antes de salir a trabajar con su hermano. Marcos prendió un cigarrillo y se sentó en el sofá con el jugo en la otra mano, vio como su hermano caminaba delante de él apurándolo, como desde hacia varios años lo hacía, para que se tomara rápido el jugo ya que el sol de ese día pronosticaba buena pesca.
- Espérate Luis.
Pero Luis ya estaba desatando la canoa.
- Apúrate Marcos que el día es bueno.
Marcos dio un último sorbo a su jugo y de pronto sintió como una larva había sobrevivido a las aspas de la licuadora y ahora estaba en su boca escapándosele a la muerte una vez más, y sin reparo alguno la partió en dos con sus muelas, en ese momento se levanto y corrió hasta donde su hermano, cuando de pronto cinco hombres armados les tomaron a la fuerza.
– Bueno pues hijueputa como no quisiste a las buenas tendrás que hacerlo a las malas, faltón.
Marcos sintió un golpe a la altura de su nuca, cuando despertó estaba en un garaje oscuro con la luz únicamente de una lámpara colgada del techo, abstraído aun por el golpe propinado. Miró hacia todas las direcciones, solo vio armas, muchas bolsas de basura, y enfrente suyo a su hermano atado de pies y brazos a una mesa de metal.
- Oíme hijueputa- le dijo un hombre de bigote – como tu hermano es un faltón y se puso a mariquiar, mira lo que le vamos a hacer pa’ que nunca en la vida se te olvide.
Sonó un disparo, gritos, sangre, el sonido de una sierra, gritos, sangre, un brazo, sangre, chasqueaban los huesos, sangre, un ojo, sangre, ya no más gritos, una bolsa de basura, la mamá desmallada, el papá borracho, la deuda, el odio, la muerte y el mismo sabor en su boca de la larva cercenada.
Marcos con diez y siete años y con una deuda de quinientos millones de dólares, situación compleja para tan solo un hombre y además tan joven, corriendo por la vida con seis meses de plazo se encontró en la plaza central de la ciudad hermosa de Santa Marta al “mocho” o bueno al menos así era conocido; el mocho estaba enterado de todos los acontecimientos y además conocía de toda la vida a su familia y sentía una gran pena porque el papá de Marcos ya estaba muy viejo y además era un rontomano empedernido. El mocho era un hombrecito más bien menudo de tez negra, sin cabello, había perdido su brazo izquierdo a la edad de diez años cuando trabaja con su papá en la pesca, una mañana había tomado la red sin darse cuenta que en una esquina estaba enredada con el motor de la lancha y al lanzarla la red se prendió a su mano izquierda y el motor comenzó a succionarla, y entre más jalaba más sangre salía de su mano y más se enredaba el resto del brazo, cuando su padre se dio cuenta ya era tarde, de ahora en adelante el “mocho” debería quedarse en tierra; o por lo menos esa era la historia que a Marcos le habían contado desde pequeñito, cuando una mañana lo vio atravesar la puerta de su casa y lo sintió asimétrico y corrió espantado a esconderse tras su mamá, pero ella lo tranquilizó y le contó esa historia y le dijo que el era una especie de mensajero, con lo cual Marcos se tranquilizó y sintió pena por él, no poder estar en el río, pescando igual que todos los muchachos de su edad. El mocho se le acercó y lo saludo tocándole la cabeza, presentándosele como un amigo más, pá servirle en lo que se le ofrezca, Eso fue lo primero que recordó Marcos al verlo en la plaza sentando sobre una butaquita verde, rascándose la panza con su ñoquito y tomando ron con la derecha.
Al verlo el mocho lo llamó con la mirada y le dijo:
- Mirá Marcos, yo se que es mucha plata y vos sabes que tenes que pagarla porque no se justifica que le hagan lo mismo a los viejos, además esa gente es muy brava, yo creo que ya te diste cuenta como son, entonces pues, hay un negocio, mira, es pa’ varoncitos, lo único que tenés que hacer es aprender a manejar y cargarle unas cosas a unos tipos, yo todo te lo entrego, de ahí sacamos algo y como sos tan pelao la parca no te va a para pa’ nada, entonces no vas a tener problemas, y de ahí yo te pago la deuda-
Marcos no lo pensó, pasaron por su mente las imágenes del suplicio de Luis y no quería ver así a sus padres, sintió que un hilo de agua helada se le escurría por la espalda, entre la médula espinal y el alma, sintió como las lágrimas que brotaban de sus ojos eran más de desesperación que de otra cosa.
- Mocho, te lo agradezco, cuando empiezo - respondí, casi sin saber que era efectivamente lo que debía transportar, aunque en este país uno siempre va a saber como se gana el dinero fácil, pero mi desesperación era tal que no me importó absolutamente nada, intenté librarme de todas las preocupaciones con la repuesta que le había dado al Mocho.
- Mira pelao, nos vemos mañana en la plaza Cristóbal Colón ahí te voy a enseñar a manejar.
- Bueno Mocho, y a que hora nos vemos.
- A medio día esta bien, y no le vayas a contar nada a tus papás.
- Tranquilo Mocho que no les voy a decir ni una sola palabra de lo que pasó.
Salí para mi casa abismado por la bendición divina, porque a pesar de todos los suplicios por los que he tenido que pasar en la vida he tenido el coraje de enfrentarlos, pero ahora luchar en contra de un futuro desconocido, de una promesa de muerte que ni siquiera recae sobre mí sino sobre mis padres. Recorro el camino a mi casa y pienso en mi mamá y mi papá, como estarán les hará falta Luis, por que el era el hijo consentido, era el mayor, yo siempre tuve que usar toda la ropa que el ya había usado, él era el único que cada navidad podía estrenar, y no por capricho de mis papas, sino por que la ropa se le quedaba, y debajo del árbol mis papas le dejaban un pantalón y una camisa, que compraban los 23, y a mi me empacaban la ropa remendada de mi hermano, por que era chico y mis papas no tenía más plata pa regalos. Entro a la casa y veo a mi mama sentada sobre la hamaca.
– Ma, ¿cómo sigue?
– No mijo, ahí está en la cocina su almuerzo, vaya rápido porque Luis lo está esperando.
- ¿Cómo así que me está esperando?
-Sí, acabó de entrar y me dijo que el día estaba bueno para la pesca.
No sé que decir, mi mamá parece loca, como si el tiempo se le hubiera devuelto en medio de tantas tristezas. Cuando llegué a la cocina con los ojos llenos de lágrimas lo único que encontré fue un vaso de jugo de guayaba que creo fue lo último que mi mamá preparó para Luis, pero no había nada más, ni siquiera un grano de arroz, ni siquiera la inclemencia de sentirme feliz por estar en casa y ver a mis padres aun vivos y que tenía una solución en la palma de la mano para salvarlos de la muerte. Aunque la muerte nos llegara diariamente en todas sus representaciones y muchas veces que nos salvamos de ella, a veces pensaba que la vida no era más que una extremidad de la muerte encogiéndose sobre mi; recuerdo el día de un año donde el invierno azotó al país con toda su inclemencia, el río se desbordó y miserablemente nuestra casa fue arrasada con sus pocas pertenencias, pero también quedó el resquicio del volver a empezar, unas cuantas tablas, bambú para las puertas y las ventanas, intentar construir otro cuarto ya que el hacinamiento se estaba empezando a notar, el techo en unas láminas de zinc que mi papá consiguió en el botadero municipal y el estado que nunca apareció para socorrer, no sólo a nosotros sino a todas las familias que perecieron, niños ahogados en medio de los deshechos y los materiales defectuosos de sus casas, madres enfermas, padres infinitamente conmovidos por observar a sus familias padecer los estragos de una mala temporada.
El sol a lo alto golpea en contra de mis ojos como si fuera un gran cuervo que quisiera arrebatármelos, el olor putrefacto del pescado infestado de los deshechos que los turistas botan al mar, ya que creen que como el mar es tan grande los deshechos no van a perjudicar en absoluto, pero el mar es como el amor, es infinito, hermoso, complaciente, seductor, medianamente triste, pero con cualquier minucia se empieza a dañar y los corazones se pudren, los hermosos corales se convierten en recuerdos dolorosos que estallan en cualquier momento en lágrimas o en sudor, así como el que brota de mi frente al salir de mi casa para la plaza Cristóbal Colón para encontrarme con el Mocho.
Ya en la plaza estaba el Mocho esperando a Marcos para darle su primera y única clase de conducción. Caminaron hasta el fondo de la Plaza donde había un callejoncito desolado. El Mocho le señaló la camioneta y le dijo:
- Pelao, conducir es como montar en canoa, solo que en lugar de peces hay mucho hijueputa por hay buscando comida.
- Claro, “mocho” como digas.
- Estos son los cambios, el cabestrillo, el freno, y el closh – y con cada palabra señalaba palancas, pedales, cosas dentro de la camioneta que Marcos buscaba memorizar, sin encontrar siquiera un remo.
- Y este “Mocho”, este ¿pa que sirve?
- Ese es el acelerador, el salvador, con ese decides cuanto viento quieres en la cara. Y oíme esto, si algún día las cosas se llegan a complicar lo hundes como alma que lleva el diablo, y no paras y te llevas a cualquiera que se te atraviese.
- Claro, “mocho” como digas. Repitió nuevamente.
Luego de la clase lo primero que debía hacer Marcos era transportar muchas bolsas negras de Agua de Dios camino arriba hasta el sendero que se conoce como “las culebras frías”, allí siempre debía llegar y registrarse a la entrada que por demás estaba custodiada por seis o siete hombre no fuerte sino terriblemente armados, éstos también registraban el contenido de la camioneta, un Jeep Willys verde modelo 65 de las mejores de toda la región, aunque un poco destartalada, ya dentro de la hacienda, Marcos únicamente ayudaba a bajar la carga, tanqueaba nuevamente la camioneta y retornaba al pueblo con su personaje de transportador de plátanos, ya que de éstos siempre tenía encima de la camioneta y de los cuales le regalaba a la policía o a las autoridades que se encontraba por su paso.
Cuando se empezó a detener el tiempo en la vida de todos, Marcos ya había crecido lo suficiente para hacerse el único dueño de su destino y eso lo descubrió el día en que saliendo de la hacienda se encontró al Mocho que con su voz ronca le dijo:
– Oíme, la deuda ya quedó saldada, pero si querés podés seguir trabajando conmigo - se tomó otro sorbo de ron – ahora las cosas cambiarán porque tendrás más billete pa que saqués a tus papás de esa casucha en que viven.
Marcos ya estaba demasiado cansado trabajando en eso que él suponía pero que nunca por temor a ser descubierto intentó saber, así que le tomó unos segundos de más pensar en la satisfacción que podría llegar a brindarle a su mamá dándole una buena casa con todo lo que ella se merecía. Marcos asintió prometiendo salirse de eso tan pronto tuviera el dinero para la casa de su mamá, por lo pronto retornaba al pueblo a recoger un encargo, dejó al Mocho atrás e hizo sonar las llantas de la camioneta con el mismo odio con que rastrillaron sus dientes el día en que vio morir a su hermano. No conoció mujeres que le cautivaran, realmente todas le parecían como fantasmas que se les tragaba el olvido, nunca se enamoró. Al llegar al pueblo estacionó la camioneta al lado de la plaza de mercado:
- Buenos días - le dijo a un anciano que estaba sentado en una butaca de bambú - ¿conoce usted a Rodolfo Caicedo?
El anciano asintió con su cabeza con la sabiduría que solo dan los años de estar en el trabajo, y muy calmadamente le dijo:
– Lo está esperando.
- Gracias - sacó de sus bolsillos unas cuantas monedas y se las dio, el anciano lo miró complacido y le dio miles de bendiciones, ya que Marcos era una persona muy sensible y humanitaria, quizás también por el trato que la vida le había dado a él y a su familia descubrió que las demás personas deberían ser tratadas con respeto y amor.
La casa era una casona vieja, quizás de las primeras construidas en el pueblo, su aroma a naftalina oxidada por los años era inconfundible, sus paredes roídas por los secretos de tantos amores fugaces, su piso reventado de tantas huidas hacia el país de las maravillas, tenía aproximadamente veinticinco habitaciones, un gran patio o solar como se le conoce, y en el fondo una sala magistral de la etapa colonial, entendiendo también que Marcos solo asistió a la primaria de la escuela ya que mas adelante tuvo que empezar a pescar y a construir canoas, pero identifico los adoquines, los cuadros religiosos con los de la iglesia y por ende con la llegada de los españoles. A su entrada en la sala dos hombres se levantaron de sus sillas y con su mal aspecto uno le preguntó:
- ¿A quien necesita?
- A Rodolfo Caicedo
- ¿De parte de?
- De Marcos Zambrano, de la hacienda, vengo por un encargo pa’l patrón - el hombre lo miró de arriba abajo.
– Espere le digo que usted ya llegó - Marcos se quedó de pie en pleno marco de la puerta, el hombre armado entró por una puerta a una sala contigua y el otro se quedó mirándolo fijamente.
- Oiga, que siga.
El hombre miró las manos de Marcos que estaban desnudas y vacías y no le quitó la mirada hasta que éste ingresó por la puerta, aunque dentro de la sala contigua habían más hombres igual de mal mirados, Marcos ya estaba acostumbrado. Pero los que él conocía no le miraban tan mal. En el fondo de la sala un hombre gordo de barba estaba hablando por teléfono, Marcos no quería escuchar la conversión pero le fue inevitable
– Mirá guevón - decía el gordo de barba el cual Marcos supuso que era Rodolfo –la vuelta es brava… si,si,si marica esos manes ya nos pillaron la pista… claro guevón… pero decime donde me levanto a un man de confianza que nos construya unas balsas grandes pa mandar al otro lado… tienen que llegar a Mayami … pero tienen que ser muy fuertes la hijueputas pa’ que resistan el viajecito.
Inmediatamente a Marcos se le abrieron las ventanas de su percepción y juró que esta era su oportunidad, la real oportunidad que había estado esperando toda la vida, construir lanchas había sido su sueño y en alguna ocasión un extranjero francés le había explicado con su mal español como se hacía y hasta le había ayudado a construirla, pero Marcos lo sabía por lo demás todo, conocía el mar como a la palma de su mano, como a las arrugas de su miembro, sabía bien cuando y como se escapaban a los rápidos, que la madera del Abedul era la más apropiada pero que en Santa Marta no crecía el árbol que tocaba importarlo del otro lado; de vez en cuando creía que su palma era el mundo y que cada una de sus líneas eran los ríos de su infancia y jugaba a recorrerlos entre sus cruces.
Cuando hubo colgado el teléfono el patrón, los hombres que estaban dentro le avisaron que ese es el muchacho que estaba esperando, el patrón levantó la cabeza y con un cigarrillo en la boca y el cuello y las muñecas llenas de anillos le dijo:
– ¿Entonces que papa? Mirá allá atrás - señaló hacia atrás – están las bolsas con el mandado - cogió a uno de los hombres que estaban a su lado y le dijo – anda con el muchacho y le ayudas a montar las bolsas en la camioneta - el hombre sigiloso se dispuso a salir para recoger las bolsas cuando la voz de Marcos interrumpió en la sala:
– Que pena patrón, pero no pude evitar escuchar su conversación por el teléfono y pues…- se le trabó la lengua de los nervios, sudaba gotas frías que nacían desde la punta de su nariz y caían levemente en el escritorio mientras el patrón asombrado por el atrevimiento del joven esperaba lo que iba a decir – patrón, desde pequeño he pescado y mi… bueno me enseñaron a construir balsas y luego lanchas, además conozco al mar como conozco a mi cuerpo, patrón estoy seguro que puedo construirle una lancha que llegue tan lejos como usted quiere y que le soporte el peso que quiera, sólo necesito un dinero o el material para construírsela y en quince días está lista, patrón déme una oportunidad…- Marcos estaba completamente excitado al descubrir el objetivo por el cual había llegado a la tierra, recorrer los mares en sus lanchas, enfrentar la inmensidad y magnanimidad del océano. El patrón se detuvo en su mirada fijamente intentando analizar el porqué de la reacción de aquel joven que le inspiraba cierta confianza:
- ¿Sabes para qué es?
- No señor, pero no me importa.
- Espérate entonces y lleva el encargo hasta la hacienda y después hablamos.
- Bueno patrón.
Marcos salió abismado, la primer oportunidad de toda su vida, se montó en la camioneta y se dirigió hasta la hacienda, descargó las bolsas, buscó al mocho pero ya no estaba allí, así que decidió ir hasta su casa a saludar a su mamá ya que gracias a su trabajo casi no la veía, cuando entró a su casa la vio más pobre que nunca, invadido por una profunda tristeza se acercó a su madre, que estaba sentada en un banco en la cocina y le prometió miles de cosas, parece que no me escuchara, verla así tan triste, verla así como si esta realidad no le perteneciera, invadida por los temores del pasado, sin poder recuperar su lucidez, me parte el alma tener que verla enferma.
Al día siguiente Marcos volvió donde el patrón ya que lo había mandado a llamar para empezar la construcción, Marcos se sentía feliz como hace mucho, cuando entró el patrón lo estaba esperando con las manos en el cuello, le explicó cual era su misión:
– Mira la lancha tiene que ser la más poderosa de todos los tiempos, en ella lo que vas a llevar es la cocaína pa’ los gringos, vos y el negro tienen que llevarla por el mar hasta mayami, vos decís que conoces muy bien el mar, entonces espero que sea todo un éxito. ¿Cuánto me dijiste que te demorabas construyéndola?
- Quince días patrón.
- Bueno tenés diez pa’ que esa lancha esté lista, el primer viaje lo vas a hacer con diez kilos y vos te las arreglas pa’ llegar aunque te voy a dar unos mapas y todo, entonces mirá esta platica pa’ que hoy mismo te pongas a trabajar en eso, ahí te mando al enano pa’ que te ayude… ahh, y tranquilo que ya hablé con el mocho, ya sabe que hoy empezás a trabajar conmigo y creo que ya sabés lo que le pasa a la gente que me faltonea o que la caga.
– Tranquilo patrón.
Marcos salió con todo el dinero que le habían dado y lo guardó en su bolso, se montó en la camioneta y se presentó formalmente con el enano, un hombre pequeño de muy mal aspecto que en realidad olía bastante mal, con una cortada a la altura del antebrazo derecho. Le recordaba al “mocho” y pensaba si también se había enredado con una red, pero había contado con la suerte que su papá se había dado cuenta rápido. Tiempo después se enteró que había sido un castigo de su patrón por habarse llevado un kilo cuando apenas comenzaban, el enano se lo había escondido después de un viaje y había llegado al pueblo a venderlo, y fue tal el escándalo y todas las putas que se comió que el chisme le había llegado al patrón y lo había mandado a traer en la noche pa que le explicará que era toda la maricada que estaba haciendo, y como no había querido hablar pues el patrón lo había mandado a despedazar. Cuando sintió la sierra en su antebrazo lo gritó todo, y lo grito tan fuerte que todo el mundo en la hacienda lo escuchó, después el patrón le había perdonado la vida, no sin antes dejarlo toda la noche sangrando pa que los otros supieran que era lo que le pasaba al güevon que se le torciera, y cada vez que le miraban el brazo recordaban la condena a la cual estaba sometidos.
Al día ocho de la construcción de la lancha, cuando ya estaba casi lista, mi madre murió, fue el mismo frío, el mismo miedo, el mismo sabor a larva, el mismo sentimiento de soledad que siento ahora que mi esposa se ha llevado a mis dos hijos, a Marcos sentado en el sofá de su casa con el vaso de jugo de guayaba y con el cigarrillo aún en la mano le pareció que se le pasó toda la vida por un instante, después que su madre murió no habían opciones, su papá lo había abandonado, o por lo menos eso era lo que él creía, por que un día nunca más vio la canoa en la que de pequeño aprendió a pescar. Ya no quedaba más sino emprender el largo viaje por los mares del mundo, hasta que encontraría a Claudia mujer que hoy lo abandona y lo deja a la deriva.
Esa mañana a diferencia de muchas otras, Marcos se levantó afligido, se sentó sobre la cama y aun rodeado de las sabanas recordó el mismo sueño de siempre, la misma tristeza, la misma incertidumbre, pero ya no ni en la misma casa, ni con la misma mujer, amaneció sediento y se dirigió a la cocina para beber algo, lo único que encontró fue un jugo de guayaba, abrió su tráquea en busca de la satisfacción, pero ese sabor le recordó la dolorosa tarde en que antes del desastre su madre, en la Costa, le ofreció un vaso de jugo de la misma fruta antes de salir a trabajar con su hermano. Marcos prendió un cigarrillo y se sentó en el sofá con el jugo en la otra mano, vio como su hermano caminaba delante de él apurándolo, como desde hacia varios años lo hacía, para que se tomara rápido el jugo ya que el sol de ese día pronosticaba buena pesca.
- Espérate Luis.
Pero Luis ya estaba desatando la canoa.
- Apúrate Marcos que el día es bueno.
Marcos dio un último sorbo a su jugo y de pronto sintió como una larva había sobrevivido a las aspas de la licuadora y ahora estaba en su boca escapándosele a la muerte una vez más, y sin reparo alguno la partió en dos con sus muelas, en ese momento se levanto y corrió hasta donde su hermano, cuando de pronto cinco hombres armados les tomaron a la fuerza.
– Bueno pues hijueputa como no quisiste a las buenas tendrás que hacerlo a las malas, faltón.
Marcos sintió un golpe a la altura de su nuca, cuando despertó estaba en un garaje oscuro con la luz únicamente de una lámpara colgada del techo, abstraído aun por el golpe propinado. Miró hacia todas las direcciones, solo vio armas, muchas bolsas de basura, y enfrente suyo a su hermano atado de pies y brazos a una mesa de metal.
- Oíme hijueputa- le dijo un hombre de bigote – como tu hermano es un faltón y se puso a mariquiar, mira lo que le vamos a hacer pa’ que nunca en la vida se te olvide.
Sonó un disparo, gritos, sangre, el sonido de una sierra, gritos, sangre, un brazo, sangre, chasqueaban los huesos, sangre, un ojo, sangre, ya no más gritos, una bolsa de basura, la mamá desmallada, el papá borracho, la deuda, el odio, la muerte y el mismo sabor en su boca de la larva cercenada.
Marcos con diez y siete años y con una deuda de quinientos millones de dólares, situación compleja para tan solo un hombre y además tan joven, corriendo por la vida con seis meses de plazo se encontró en la plaza central de la ciudad hermosa de Santa Marta al “mocho” o bueno al menos así era conocido; el mocho estaba enterado de todos los acontecimientos y además conocía de toda la vida a su familia y sentía una gran pena porque el papá de Marcos ya estaba muy viejo y además era un rontomano empedernido. El mocho era un hombrecito más bien menudo de tez negra, sin cabello, había perdido su brazo izquierdo a la edad de diez años cuando trabaja con su papá en la pesca, una mañana había tomado la red sin darse cuenta que en una esquina estaba enredada con el motor de la lancha y al lanzarla la red se prendió a su mano izquierda y el motor comenzó a succionarla, y entre más jalaba más sangre salía de su mano y más se enredaba el resto del brazo, cuando su padre se dio cuenta ya era tarde, de ahora en adelante el “mocho” debería quedarse en tierra; o por lo menos esa era la historia que a Marcos le habían contado desde pequeñito, cuando una mañana lo vio atravesar la puerta de su casa y lo sintió asimétrico y corrió espantado a esconderse tras su mamá, pero ella lo tranquilizó y le contó esa historia y le dijo que el era una especie de mensajero, con lo cual Marcos se tranquilizó y sintió pena por él, no poder estar en el río, pescando igual que todos los muchachos de su edad. El mocho se le acercó y lo saludo tocándole la cabeza, presentándosele como un amigo más, pá servirle en lo que se le ofrezca, Eso fue lo primero que recordó Marcos al verlo en la plaza sentando sobre una butaquita verde, rascándose la panza con su ñoquito y tomando ron con la derecha.
Al verlo el mocho lo llamó con la mirada y le dijo:
- Mirá Marcos, yo se que es mucha plata y vos sabes que tenes que pagarla porque no se justifica que le hagan lo mismo a los viejos, además esa gente es muy brava, yo creo que ya te diste cuenta como son, entonces pues, hay un negocio, mira, es pa’ varoncitos, lo único que tenés que hacer es aprender a manejar y cargarle unas cosas a unos tipos, yo todo te lo entrego, de ahí sacamos algo y como sos tan pelao la parca no te va a para pa’ nada, entonces no vas a tener problemas, y de ahí yo te pago la deuda-
Marcos no lo pensó, pasaron por su mente las imágenes del suplicio de Luis y no quería ver así a sus padres, sintió que un hilo de agua helada se le escurría por la espalda, entre la médula espinal y el alma, sintió como las lágrimas que brotaban de sus ojos eran más de desesperación que de otra cosa.
- Mocho, te lo agradezco, cuando empiezo - respondí, casi sin saber que era efectivamente lo que debía transportar, aunque en este país uno siempre va a saber como se gana el dinero fácil, pero mi desesperación era tal que no me importó absolutamente nada, intenté librarme de todas las preocupaciones con la repuesta que le había dado al Mocho.
- Mira pelao, nos vemos mañana en la plaza Cristóbal Colón ahí te voy a enseñar a manejar.
- Bueno Mocho, y a que hora nos vemos.
- A medio día esta bien, y no le vayas a contar nada a tus papás.
- Tranquilo Mocho que no les voy a decir ni una sola palabra de lo que pasó.
Salí para mi casa abismado por la bendición divina, porque a pesar de todos los suplicios por los que he tenido que pasar en la vida he tenido el coraje de enfrentarlos, pero ahora luchar en contra de un futuro desconocido, de una promesa de muerte que ni siquiera recae sobre mí sino sobre mis padres. Recorro el camino a mi casa y pienso en mi mamá y mi papá, como estarán les hará falta Luis, por que el era el hijo consentido, era el mayor, yo siempre tuve que usar toda la ropa que el ya había usado, él era el único que cada navidad podía estrenar, y no por capricho de mis papas, sino por que la ropa se le quedaba, y debajo del árbol mis papas le dejaban un pantalón y una camisa, que compraban los 23, y a mi me empacaban la ropa remendada de mi hermano, por que era chico y mis papas no tenía más plata pa regalos. Entro a la casa y veo a mi mama sentada sobre la hamaca.
– Ma, ¿cómo sigue?
– No mijo, ahí está en la cocina su almuerzo, vaya rápido porque Luis lo está esperando.
- ¿Cómo así que me está esperando?
-Sí, acabó de entrar y me dijo que el día estaba bueno para la pesca.
No sé que decir, mi mamá parece loca, como si el tiempo se le hubiera devuelto en medio de tantas tristezas. Cuando llegué a la cocina con los ojos llenos de lágrimas lo único que encontré fue un vaso de jugo de guayaba que creo fue lo último que mi mamá preparó para Luis, pero no había nada más, ni siquiera un grano de arroz, ni siquiera la inclemencia de sentirme feliz por estar en casa y ver a mis padres aun vivos y que tenía una solución en la palma de la mano para salvarlos de la muerte. Aunque la muerte nos llegara diariamente en todas sus representaciones y muchas veces que nos salvamos de ella, a veces pensaba que la vida no era más que una extremidad de la muerte encogiéndose sobre mi; recuerdo el día de un año donde el invierno azotó al país con toda su inclemencia, el río se desbordó y miserablemente nuestra casa fue arrasada con sus pocas pertenencias, pero también quedó el resquicio del volver a empezar, unas cuantas tablas, bambú para las puertas y las ventanas, intentar construir otro cuarto ya que el hacinamiento se estaba empezando a notar, el techo en unas láminas de zinc que mi papá consiguió en el botadero municipal y el estado que nunca apareció para socorrer, no sólo a nosotros sino a todas las familias que perecieron, niños ahogados en medio de los deshechos y los materiales defectuosos de sus casas, madres enfermas, padres infinitamente conmovidos por observar a sus familias padecer los estragos de una mala temporada.
El sol a lo alto golpea en contra de mis ojos como si fuera un gran cuervo que quisiera arrebatármelos, el olor putrefacto del pescado infestado de los deshechos que los turistas botan al mar, ya que creen que como el mar es tan grande los deshechos no van a perjudicar en absoluto, pero el mar es como el amor, es infinito, hermoso, complaciente, seductor, medianamente triste, pero con cualquier minucia se empieza a dañar y los corazones se pudren, los hermosos corales se convierten en recuerdos dolorosos que estallan en cualquier momento en lágrimas o en sudor, así como el que brota de mi frente al salir de mi casa para la plaza Cristóbal Colón para encontrarme con el Mocho.
Ya en la plaza estaba el Mocho esperando a Marcos para darle su primera y única clase de conducción. Caminaron hasta el fondo de la Plaza donde había un callejoncito desolado. El Mocho le señaló la camioneta y le dijo:
- Pelao, conducir es como montar en canoa, solo que en lugar de peces hay mucho hijueputa por hay buscando comida.
- Claro, “mocho” como digas.
- Estos son los cambios, el cabestrillo, el freno, y el closh – y con cada palabra señalaba palancas, pedales, cosas dentro de la camioneta que Marcos buscaba memorizar, sin encontrar siquiera un remo.
- Y este “Mocho”, este ¿pa que sirve?
- Ese es el acelerador, el salvador, con ese decides cuanto viento quieres en la cara. Y oíme esto, si algún día las cosas se llegan a complicar lo hundes como alma que lleva el diablo, y no paras y te llevas a cualquiera que se te atraviese.
- Claro, “mocho” como digas. Repitió nuevamente.
Luego de la clase lo primero que debía hacer Marcos era transportar muchas bolsas negras de Agua de Dios camino arriba hasta el sendero que se conoce como “las culebras frías”, allí siempre debía llegar y registrarse a la entrada que por demás estaba custodiada por seis o siete hombre no fuerte sino terriblemente armados, éstos también registraban el contenido de la camioneta, un Jeep Willys verde modelo 65 de las mejores de toda la región, aunque un poco destartalada, ya dentro de la hacienda, Marcos únicamente ayudaba a bajar la carga, tanqueaba nuevamente la camioneta y retornaba al pueblo con su personaje de transportador de plátanos, ya que de éstos siempre tenía encima de la camioneta y de los cuales le regalaba a la policía o a las autoridades que se encontraba por su paso.
Cuando se empezó a detener el tiempo en la vida de todos, Marcos ya había crecido lo suficiente para hacerse el único dueño de su destino y eso lo descubrió el día en que saliendo de la hacienda se encontró al Mocho que con su voz ronca le dijo:
– Oíme, la deuda ya quedó saldada, pero si querés podés seguir trabajando conmigo - se tomó otro sorbo de ron – ahora las cosas cambiarán porque tendrás más billete pa que saqués a tus papás de esa casucha en que viven.
Marcos ya estaba demasiado cansado trabajando en eso que él suponía pero que nunca por temor a ser descubierto intentó saber, así que le tomó unos segundos de más pensar en la satisfacción que podría llegar a brindarle a su mamá dándole una buena casa con todo lo que ella se merecía. Marcos asintió prometiendo salirse de eso tan pronto tuviera el dinero para la casa de su mamá, por lo pronto retornaba al pueblo a recoger un encargo, dejó al Mocho atrás e hizo sonar las llantas de la camioneta con el mismo odio con que rastrillaron sus dientes el día en que vio morir a su hermano. No conoció mujeres que le cautivaran, realmente todas le parecían como fantasmas que se les tragaba el olvido, nunca se enamoró. Al llegar al pueblo estacionó la camioneta al lado de la plaza de mercado:
- Buenos días - le dijo a un anciano que estaba sentado en una butaca de bambú - ¿conoce usted a Rodolfo Caicedo?
El anciano asintió con su cabeza con la sabiduría que solo dan los años de estar en el trabajo, y muy calmadamente le dijo:
– Lo está esperando.
- Gracias - sacó de sus bolsillos unas cuantas monedas y se las dio, el anciano lo miró complacido y le dio miles de bendiciones, ya que Marcos era una persona muy sensible y humanitaria, quizás también por el trato que la vida le había dado a él y a su familia descubrió que las demás personas deberían ser tratadas con respeto y amor.
La casa era una casona vieja, quizás de las primeras construidas en el pueblo, su aroma a naftalina oxidada por los años era inconfundible, sus paredes roídas por los secretos de tantos amores fugaces, su piso reventado de tantas huidas hacia el país de las maravillas, tenía aproximadamente veinticinco habitaciones, un gran patio o solar como se le conoce, y en el fondo una sala magistral de la etapa colonial, entendiendo también que Marcos solo asistió a la primaria de la escuela ya que mas adelante tuvo que empezar a pescar y a construir canoas, pero identifico los adoquines, los cuadros religiosos con los de la iglesia y por ende con la llegada de los españoles. A su entrada en la sala dos hombres se levantaron de sus sillas y con su mal aspecto uno le preguntó:
- ¿A quien necesita?
- A Rodolfo Caicedo
- ¿De parte de?
- De Marcos Zambrano, de la hacienda, vengo por un encargo pa’l patrón - el hombre lo miró de arriba abajo.
– Espere le digo que usted ya llegó - Marcos se quedó de pie en pleno marco de la puerta, el hombre armado entró por una puerta a una sala contigua y el otro se quedó mirándolo fijamente.
- Oiga, que siga.
El hombre miró las manos de Marcos que estaban desnudas y vacías y no le quitó la mirada hasta que éste ingresó por la puerta, aunque dentro de la sala contigua habían más hombres igual de mal mirados, Marcos ya estaba acostumbrado. Pero los que él conocía no le miraban tan mal. En el fondo de la sala un hombre gordo de barba estaba hablando por teléfono, Marcos no quería escuchar la conversión pero le fue inevitable
– Mirá guevón - decía el gordo de barba el cual Marcos supuso que era Rodolfo –la vuelta es brava… si,si,si marica esos manes ya nos pillaron la pista… claro guevón… pero decime donde me levanto a un man de confianza que nos construya unas balsas grandes pa mandar al otro lado… tienen que llegar a Mayami … pero tienen que ser muy fuertes la hijueputas pa’ que resistan el viajecito.
Inmediatamente a Marcos se le abrieron las ventanas de su percepción y juró que esta era su oportunidad, la real oportunidad que había estado esperando toda la vida, construir lanchas había sido su sueño y en alguna ocasión un extranjero francés le había explicado con su mal español como se hacía y hasta le había ayudado a construirla, pero Marcos lo sabía por lo demás todo, conocía el mar como a la palma de su mano, como a las arrugas de su miembro, sabía bien cuando y como se escapaban a los rápidos, que la madera del Abedul era la más apropiada pero que en Santa Marta no crecía el árbol que tocaba importarlo del otro lado; de vez en cuando creía que su palma era el mundo y que cada una de sus líneas eran los ríos de su infancia y jugaba a recorrerlos entre sus cruces.
Cuando hubo colgado el teléfono el patrón, los hombres que estaban dentro le avisaron que ese es el muchacho que estaba esperando, el patrón levantó la cabeza y con un cigarrillo en la boca y el cuello y las muñecas llenas de anillos le dijo:
– ¿Entonces que papa? Mirá allá atrás - señaló hacia atrás – están las bolsas con el mandado - cogió a uno de los hombres que estaban a su lado y le dijo – anda con el muchacho y le ayudas a montar las bolsas en la camioneta - el hombre sigiloso se dispuso a salir para recoger las bolsas cuando la voz de Marcos interrumpió en la sala:
– Que pena patrón, pero no pude evitar escuchar su conversación por el teléfono y pues…- se le trabó la lengua de los nervios, sudaba gotas frías que nacían desde la punta de su nariz y caían levemente en el escritorio mientras el patrón asombrado por el atrevimiento del joven esperaba lo que iba a decir – patrón, desde pequeño he pescado y mi… bueno me enseñaron a construir balsas y luego lanchas, además conozco al mar como conozco a mi cuerpo, patrón estoy seguro que puedo construirle una lancha que llegue tan lejos como usted quiere y que le soporte el peso que quiera, sólo necesito un dinero o el material para construírsela y en quince días está lista, patrón déme una oportunidad…- Marcos estaba completamente excitado al descubrir el objetivo por el cual había llegado a la tierra, recorrer los mares en sus lanchas, enfrentar la inmensidad y magnanimidad del océano. El patrón se detuvo en su mirada fijamente intentando analizar el porqué de la reacción de aquel joven que le inspiraba cierta confianza:
- ¿Sabes para qué es?
- No señor, pero no me importa.
- Espérate entonces y lleva el encargo hasta la hacienda y después hablamos.
- Bueno patrón.
Marcos salió abismado, la primer oportunidad de toda su vida, se montó en la camioneta y se dirigió hasta la hacienda, descargó las bolsas, buscó al mocho pero ya no estaba allí, así que decidió ir hasta su casa a saludar a su mamá ya que gracias a su trabajo casi no la veía, cuando entró a su casa la vio más pobre que nunca, invadido por una profunda tristeza se acercó a su madre, que estaba sentada en un banco en la cocina y le prometió miles de cosas, parece que no me escuchara, verla así tan triste, verla así como si esta realidad no le perteneciera, invadida por los temores del pasado, sin poder recuperar su lucidez, me parte el alma tener que verla enferma.
Al día siguiente Marcos volvió donde el patrón ya que lo había mandado a llamar para empezar la construcción, Marcos se sentía feliz como hace mucho, cuando entró el patrón lo estaba esperando con las manos en el cuello, le explicó cual era su misión:
– Mira la lancha tiene que ser la más poderosa de todos los tiempos, en ella lo que vas a llevar es la cocaína pa’ los gringos, vos y el negro tienen que llevarla por el mar hasta mayami, vos decís que conoces muy bien el mar, entonces espero que sea todo un éxito. ¿Cuánto me dijiste que te demorabas construyéndola?
- Quince días patrón.
- Bueno tenés diez pa’ que esa lancha esté lista, el primer viaje lo vas a hacer con diez kilos y vos te las arreglas pa’ llegar aunque te voy a dar unos mapas y todo, entonces mirá esta platica pa’ que hoy mismo te pongas a trabajar en eso, ahí te mando al enano pa’ que te ayude… ahh, y tranquilo que ya hablé con el mocho, ya sabe que hoy empezás a trabajar conmigo y creo que ya sabés lo que le pasa a la gente que me faltonea o que la caga.
– Tranquilo patrón.
Marcos salió con todo el dinero que le habían dado y lo guardó en su bolso, se montó en la camioneta y se presentó formalmente con el enano, un hombre pequeño de muy mal aspecto que en realidad olía bastante mal, con una cortada a la altura del antebrazo derecho. Le recordaba al “mocho” y pensaba si también se había enredado con una red, pero había contado con la suerte que su papá se había dado cuenta rápido. Tiempo después se enteró que había sido un castigo de su patrón por habarse llevado un kilo cuando apenas comenzaban, el enano se lo había escondido después de un viaje y había llegado al pueblo a venderlo, y fue tal el escándalo y todas las putas que se comió que el chisme le había llegado al patrón y lo había mandado a traer en la noche pa que le explicará que era toda la maricada que estaba haciendo, y como no había querido hablar pues el patrón lo había mandado a despedazar. Cuando sintió la sierra en su antebrazo lo gritó todo, y lo grito tan fuerte que todo el mundo en la hacienda lo escuchó, después el patrón le había perdonado la vida, no sin antes dejarlo toda la noche sangrando pa que los otros supieran que era lo que le pasaba al güevon que se le torciera, y cada vez que le miraban el brazo recordaban la condena a la cual estaba sometidos.
Al día ocho de la construcción de la lancha, cuando ya estaba casi lista, mi madre murió, fue el mismo frío, el mismo miedo, el mismo sabor a larva, el mismo sentimiento de soledad que siento ahora que mi esposa se ha llevado a mis dos hijos, a Marcos sentado en el sofá de su casa con el vaso de jugo de guayaba y con el cigarrillo aún en la mano le pareció que se le pasó toda la vida por un instante, después que su madre murió no habían opciones, su papá lo había abandonado, o por lo menos eso era lo que él creía, por que un día nunca más vio la canoa en la que de pequeño aprendió a pescar. Ya no quedaba más sino emprender el largo viaje por los mares del mundo, hasta que encontraría a Claudia mujer que hoy lo abandona y lo deja a la deriva.
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